Giorgio Napolitano: Italia i Europa. La via mestra

Quisiera recordar algunos episodios de especial trascendencia humana y emotiva de la experiencia de un septenio (2006-2013) intensamente vivido como presidente de la República, en el terreno de las relaciones internacionales.

Pienso, por ejemplo, en cómo comenzó y concluyó mi primer septenio. Comenzó —el 21 de mayo de 2006, pocos días después de mi toma de posesión en el Quirinale— con una visita a Ventotene, para participar en el homenaje programado en el vigésimo aniversario de la desaparición de Altiero Spinelli. Era el debido reconocimiento al hombre del que había obtenido una lección decisiva. Y me estoy refiriendo a una fase lejana de mi historia política y cultural, a aquélla que fue —a partir del final de los años sesenta— la fase del “aprendizaje europeísta” de los comunistas italianos: la fase del pasaje del Partido Comunista Italiano desde una posición negativa y de recelo para con la naciente Comunidad Europea hasta la toma de conciencia de la necesidad de no apartarse del proceso de integración puesto en marcha por la Italia de De Gasperi junto a los otros cinco países “fundadores”.

Fue entonces, con profunda emoción, que el 21 de mayo de 2006 hablé en Ventotene de las ideas y de las luchas de Spinelli: “Se trata del legado más rico con el que puedan contar, para formarse moralmente y para actuar mirando hacia el futuro, nuestras generaciones más jóvenes”. Lo pienso aún hoy, y estoy más convencido que nunca al constatar cómo al debilitarse —en gran parte de los ciudadanos y electores— la comprensión del proyecto europeo consigue difundirse la desconfianza en la política, en la democracia y en el porvenir común.

El septenio concluyó, el 24 de marzo de 2013, con la peregrinación a Sant’Anna di Stazzema —lugar de una de las más feroces masacres nazis del final de la II Guerra Mundial— que realizamos conjuntamente Joachim Gauck, como presidente de la República Federal alemana, y yo, como presidente de la República italiana. En el homenaje común a la memoria de las víctimas —personas indefensas de todas las edades, niños, familias enteras—, en el abrazo entre presidentes y junto a la población de aquella pequeña localidad, supervivientes de la masacre, descendientes de las víctimas, gente modesta y laboriosa, sentimos con fuerza el espíritu, el sentido más alto de la unidad europea.

La superación de letales nacionalismos agresivos: éste es el objetivo con el que se identificó Spinelli, imaginando, en la isla en la que estaba prisionero, el proyecto de una nueva Europa. La reconciliación, un nuevo acercamiento entre naciones y pueblos, cuya recíproca hostilidad había arrastrado a Europa por dos veces en el siglo XX al abismo de guerras mundiales cada vez más devastadoras; y por lo tanto la paz y la cooperación, sobre todo entre Francia y Alemania, como matriz política esencial de un proceso de integración europea, que no nacía en clave puramente economicista. Que no nacía en aquel entonces, y menos aún puede hoy quedar encerrada en aquella dimensión.

Esto es lo que sentíamos, el colega y amigo Gauck y yo. Aquel día se me presenta como un punto ideal de llegada tras siete años, en los cuales en gran parte mi compromiso tanto nacional como internacional ha estado marcado por convicciones y decisiones europeístas. De hecho, he retomado, sin solución de continuidad, el vínculo de colaboración y amistad con personalidades conocidas 20 años atrás, como el presidente austriaco Fischer o el israelí Peres. Y me he reconocido rápidamente en un sentir común con europeístas de una generación mucho más joven, como Bronislaw Komorowski, designado presidente polaco en la estela de la gran tradición de Solidaridad, cuyo más eminente exponente por sensibilidad y cultura europea, Geremek, conocía y seguía con admiración ya en los años ochenta. Y como Danilo Turk, presidente esloveno hasta el 2012, estudioso de Derecho Internacional de impronta italiana, empeñado conmigo y con el nuevo presidente croata, Ivo Josipovic, en poner las bases de una reconciliación y nueva cooperación en el Adriático, como cierre de las tensiones heredadas de la II Guerra Mundial en los Balcanes. Los encuentros quedan entre las etapas más apasionantes que he vivido en el camino de ensanchamiento de la unidad europea.

También por haber compartido aquel camino, pienso que se estableció un vínculo muy particular entre Benedicto XVI, hasta su renuncia en febrero de 2013, y yo mismo, como presidente de la República. Un vínculo nacido del interés en comprendernos y confrontar valoraciones y opiniones sobre temas que nos atañían a ambos en el ejercicio de nuestros respectivos cargos. Entre aquellos temas cobró rápidamente importancia el de Europa, respecto al que coincidíamos al considerar decisivo el proceso de unificación e integración y la potencial contribución a una positiva evolución internacional, comenzando por la búsqueda de una solución pacífica del conflicto de Oriente Próximo.

El eje del europeísmo en torno al que han girado desde los años cincuenta la presencia y la iniciativa de Italia en la vida internacional ha sido siempre inseparable de otra referencia decisiva: la de la amistad y alianza con EE UU en el más amplio marco transatlántico. Aquel eje y esta referencia han sido también inseparables en mi experiencia a lo largo del primer septenio presidencial y las tres décadas anteriores. Cuando en 1978 pude realizar mi primera visita a EE UU, no me limité a un esfuerzo de representación de la realidad política italiana, en el que encontraran el lugar apropiado las posiciones de la izquierda. Al hablar en algunas de las más importantes universidades estadounidenses, me hacía al mismo tiempo portador de la visión de una Europa comunitaria que se iba haciendo cada vez más inclusiva y afirmativa y tendía a asumir un perfil internacional más autónomo, pero sin poner en cuestión el vínculo histórico con EE UU. Aquella misión estaba en clara antítesis al antiamericanismo entonces extendido en Italia en la oposición de izquierdas.

La visión de la que me hacía portador tenía por aquel entonces —por mi cargo de dirigente del PCI— las señas del “eurocomunismo”, un fenómeno que interesaba especialmente a los círculos norteamericanos más sensibles y abiertos, así como les interesaba la singular realidad del PCI. De aquel interés, y del papel por mí desempeñado en los años setenta y más adelante, he recibido (no sin sorpresa) vestigios y testimonios en ocasión de mi más reciente viaje —como presidente de la República— a EE UU en enero de 2013.

En la progresiva consolidación y enriquecimiento de mi visión de los componentes ideales e históricos de la relación entre Europa y EE UU, de su común arraigo y de su común pertenencia a Occidente como “lugar de la democracia”, puedo reivindicar una continuidad y coherencia reforzadas a través de las revisiones y cambios de horizonte cultural y político que he conocido hasta el gran cambio de dirección de 1989. De aquella continuidad me he beneficiado ampliamente al ejercer mi cargo y al contribuir tanto en el frente europeo, como en el de las relaciones entre Europa y América.

He seguido de cerca, con neutralidad institucional y con personal pasión y esperanza, el ascenso y el afianzamiento de Barack Obama al frente de EE UU. La relación entre nosotros ha alcanzado niveles de respeto, aprecio y confianza recíproca, y ha presentado tonalidades humanas, de auténtica amistad, que no habría esperado. Representamos generaciones e historias muy distintas, pero que ello no haya sido un obstáculo, sino más bien un estímulo, demuestra lo importante que es —en las relaciones entre los países y sus líderes— la afinidad en los enfoques, en los modos de sentir, en el bagaje de ideales y valores, además de en la orientación y el compromiso políticos. Y de este clima instaurado se ha beneficiado mi país, y se ha beneficiado Europa. El interés nacional italiano y el interés común europeo es, en definitiva, lo que ha contado y cuenta para mí más que cualquier otra cosa.

Giorgio Napolitano, El País, 02/06/2014

 

 

 

 

 

 

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