J. L. López Bulla: Nacionalismes versus internacionalisme

De hecho mi intervención es un homenaje a mis lejanos tatarabuelos que hace un siglo y medio fundaron en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores, llamada coloquialmente la PrimeraInternacional, liderada por Marx, Engels y Bakunin. Pero es, a la vez y sobre todo, una invitación a repensar las cuestiones del internacionalismo a la luz de los problemas de nuestro tiempo. Que, en mi opinión, son dos: 1) la gran transformación de los aparatos productivos y de servicios, de toda la economía, en la actual fase de la globalización de la economía, que ya no tiene retorno; y 2) la reaparición e, incluso, la exacerbación fisiológica de los nacionalismos. Sin ningún tipo de protocolo afirmo:  cada vez estoy más convencido que la crisis de la izquierda guarda una estrecha relación con ambas cuestiones. Y en el fondo de ambas la gran crisis económica que es, a la vez, social y, en nuestro país, política y moral.

Primer tranco

Lo más sorprendente es que, en esta coyuntura que viene desde 2008, se ha agravado en España la crisis de la izquierda política.  De un lado, no interpretando los grandes procesos de reestructuración de la economía (y actuando frente a ellos) y, de otro lado, una parte de la izquierda la vemos desempolvando los viejos manuales del nacionalismo. Todavía es la hora que un servidor sepa exactamente qué dice, qué plantea la izquierda política frente a unos procesos agresivos –diré sólo unos cuantos ejemplos actuales–  como los que se están produciendo en el sector de las industrias alimentarias. Pongamos por caso que hablo de   Findus, Pescanova, Puleva, Unilever y los más recientes de  Panrico y Coca Cola, cuyos trabajadores siguen en lucha. Que, como se sabe, todas ellas son trasnacionales.

Lo chocante, además, es que esa expresión de los procesos de globalización se está produciendo en unos momentos históricos de exacerbación de los nacionalismos. Más adelante hablaremos de lo específicamente catalán. Pero, de momento, podemos sacar una triste conclusión: el neoliberalismo, una ideología global, arrasa por doquier, amparado además por gobiernos neoliberales que se disfrazan de nacionalistas o gobiernos nacionalistas que, en sustancia, son neoliberales. También más adelante hablaremos de ello.

Conocemos en nuestras carnes las consecuencias de esas políticas: un ejército de reserva de millones de parados, a la mayoría de los cuales se les han privado de mecanismos de protección; el elevadísimo índice de impagos de las hipotecas que, en los dos últimos años, se ha incrementado en un 42 por ciento; la desarboladura de importantes tutelas y protecciones en los terrenos de la sanidad y la enseñanza, la vivienda, las pensiones  y el derecho a una justicia gratuita, trasladando gran parte de sus competencias a los negocios privados; el endurecimiento de las políticas mal llamadas de orden público; la ampliación de la pobreza y la ampliación de la distancia entre ricos y pobres; la desnaturalización del sistema democrático a través de políticas autoritarias (eliminando derechos a mansalva) y el retorno a toda una serie de valores de tiempos que creíamos superados mediante una alianza entre la economía,  la política y los altos funcionarios de la Iglesia, avalado todo ello por la ocupación del partido gobernante en los aparatos más sensibles del Estado.

Frente a ello, la izquierda mayoritaria está perpleja. Y se auto reduce a intervenir, a salto de mata, sólo en las instituciones con una visión exclusivamente aldeana, de campanario.

Sin embargo, el vacío que deja esa izquierda política lo está cubriendo una amplia y diversa izquierda social. Son los sindicatos y los movimientos (a veces sin la necesaria buena amistad) quienes están dando la cara frente al gigantesco proceso de demolición que provoca el neoliberalismo. Se trata de una batalla sostenida desde el mismo inicio de la crisis, con huelgas generales y sectoriales, con potentes manifestaciones de masas que, incluso en este contexto tan agresivo, han conseguido frenar grandes estropicios. Ahí están los siguientes casos, que también deben formar parte de nuestro análisis: la gran huelga de la limpieza de Madrid, la defensa de la sanidad madrileña y el ya legendario barrio de Gamonal de Burgos. Ahora bien, sin pelos en la lengua diré lo siguiente: estas batallas victoriosas se han producido donde la sociedad civil y sus organizaciones no están contaminadas por la adormidera del nacionalismo. Por eso, a nosotros –aquí mismo–  nos cuesta tanto poner ejemplos tan llamativos como los anteriores. Mientras no saquemos las convenientes conclusiones y enseñanzas más áspero será nuestro calvario.

Segundo tranco

La crisis económica en su versión española ha exacerbado las relaciones entre Catalunya y, digámoslo así, el resto de España. Un enfrentamiento que se azuza de mayor a menor por el gobierno del Partido popular y el Govern de Catalunya. Sin embargo, deberíamos ahondar más en el asunto. Más allá de la parte más visible de ese conflicto, no podemos dejar de lado la plena coincidencia de ambos gobiernos en los terrenos de la economía y las políticas sociales.

Hace años, cuando CiU estaba en la oposición, Artur Mas dio un giro –mejor dicho, hizo público lo que estaba latente en su interior–  en una conferencia que dio en la famosa London School of Economics. Allí explicó las virtudes del neoliberalismo rampante. Avisé a mis amistades de aquel cambio de metabolismo del grupo dirigente de Convergència. A pesar de que el texto de la conferencia era claro, mis amistades consideraron que un servidor empezaba a chochear. Alerté, además, de que Artur Mas estaba buscando la complicidad de los poderes fácticos de la economía para, por así decirlo, darle ´respetabilidad´ a su nacionalismo tradicional. Sólo y solamente cuando volvieron al gobierno, tras la derrota del tripartito, empezaron a verse con claridad hacia dónde apuntaban los tiros. Porque no sólo se trataba de la puesta en marcha de políticas neoliberales (especialmente en sanidad), por supuesto, a cargo de personalidades de esa ideología sino del tipo de argumentos ideológicos que acompañaban tales políticas, saber, la primacía de los negocios sobre lo público, de un lado, y, de otro, el traslado de los enormes recursos financieros del Estado de bienestar al mundo del poder privado. El cambio de metabolismo era, chispa más o menos, como el de la rosa de Alejandría: neoliberales de noche y nacionalistas de día.

Lo que me parece destacable es lo siguiente: los diversos nacionalismos españoles aplican las prácticas neoliberales mientras las izquierdas parecen obligadas a disputar el terreno en términos nacionales o nacionalistas. Es claro que esa asimetría entre economía global e izquierda nacionalista (o contagiada por el nacionalismo) incapacita a esta para ejercer su acción de manera eficaz. Un ejemplo: a finales del año pasado, el patrimonio bajo gestión de los fondos de inversión en todo el mundo se situó en 22,1 billones de euros y el de los fondos de pensiones en 18,1 billones; entre ambos manejan el 75,5 por ciento del PIB mundial.  Es la financiarización que ha cambiado la composición orgánica global del capital.

Así las cosas, o salimos de este atolladero o la izquierda política se irá debilitando, todavía más, en su conjunto.

Tercer tranco

He dejado conscientemente que la gran cuestión del federalismo sea abordada por los profesores Duarte y Coll. Es sensato dejar tan importantes cuestiones a los que verdaderamente conocen el paño. No obstante, me permito plantear algunas cosas. En primer lugar, mi apuesta es por un federalismo pluralista que haga viable un federalismo social fundado en el protagonismo de la sociedad y, especialmente, en la centralidad el trabajo. Porque el federalismo no es sólo una vía para la mejor articulación territorial del Estado sino el camino más fructífero para una democracia expansiva.

Entiendo que nos encontramos no sólo ante una democracia envejecida ante las grandes transformaciones de época sino ante una democracia demediada que cada vez más se inscribe en el autoritarismo de matriz bonapartista. Todo ello en el contexto de la corrupción más vergonzosa jamás conocida en el periodo democrático.

Y, de otro lado, ante un conflicto territorial de gran envergadura, que puede llevar al distanciamiento o enfrentamiento, incluso entre los trabajadores de distintas comunidades del Estado español, a pesar de que todos somos agredidos por las políticas indiferenciadas de los gobiernos del PP y de CiU.  Dicho sobriamente: entiendo que el Estado de las autonomías está muy averiado. Una avería de tal magnitud que ya no lo resuelve una o varias manos de pintura. Volver al viejo estado centralista agravaría mucho más la situación.  De manera que no veo otra salida que el Estado federal. No me vale el argumento de que se llega tarde o que parece que somos pocos los federalistas. Estas dos observaciones también podrían haberse hecho en su día a nuestros tatarabuelos que hace siglo y medio fundaron la Primera Internacional. Vale.

José Luís Lóèz Bulla, Metiendo bulla, 15/03/2014

 

 

 

 

 

 

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