Enric Company: Mas es queda sense programa

Por lo que se ha visto, era ingenuo esperar que el Gobierno de Mariano Rajoy aprovechase la oportunidad que le brindaba el debate del día 8 en el Congreso de los Diputados para encauzar la cuestión catalana. El Rey lo había sugerido en su discurso anual de diciembre, el único que no le escribe el Gobierno de turno. El Tribunal Constitucional lo sugería en marzo. Un debate parlamentario es una excelente ocasión para la transacción. Te cambio esa pregunta por esta otra. U otras mil fórmulas que a los políticos se les ocurren cuando quieren.

El debate y lo sucedido después han mostrado que Rajoy, su Gobierno y su partido se sienten muy cómodos interpretando el papel que representan en esta coyuntura: el de defensores de la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, frente a algunas minorías descarriadas que pretenden romperla. Para un partido que pretende encarnar el nacionalismo español conservador, un debate como este es un regalo. Otra cosa es lo que pueda terminar ocurriendo a medio o largo plazo con la cuestión catalana, si sigue como está. Pero a seis o siete semanas de unas elecciones, el largo plazo no cuenta.

El hecho de que a la mañana siguiente el PP diera a conocer el nombre del designado para encabezar su candidatura para las elecciones europeas del 25 de mayo confirmó lo que de todos modos cabía concluir del desarrollo del debate: la larga e intensa sesión fue concebida por el Gobierno y el PP como el lanzamiento del gran cohete con el que empieza toda buena campaña electoral. Un buen petardazo para llamar la atención de su electorado. O para distraerle de otras cosas que inevitablemente tienen que tener algo escamados a sus votantes, como el incumplimiento de las alegres promesas en materia económica con que llegó al Gobierno. O el paro que no baja. O los ecos, por lo menos, del escándalo de la financiación irregular del PP.

El desarrollo del debate permitió comprobar, por si hacía falta, que en el otro lado, el de la coalición formada por el presidente catalán Artur Mas en torno a la consulta, no se esperaba, ni se pedía, ninguna negociación. Es verdad que, como suele ocurrir en las coaliciones, cada miembro puso su acento particular. Lo que sin embargo, marcó el tono para todos fue la vehemente identificación entre la consulta a la ciudadanía para la que se pedía la facultad al Congreso y el referéndum de autodeterminación que hizo la diputada de ERC, Marta Rovira, que es la secretaria general del partido. Aunque, en sus términos, eso no era lo que figuraba en la propuesta formal que se votaba. Esta identificación de la consulta con la autodeterminación era el mejor regalo que en este debate podían esperar no solo Rajoy y el PP, también Alfredo Pérez Rubalcaba y el PSOE.

Pero no por esperada una derrota lo es menos. Y un cierto ambiente de impotencia se detecta desde el 8 de abril entre la coalición pro-consulta. Parece como si la materialización del no haya sido interiorizada como que este será también el final de cuantos pasos se quiera dar para llevarla a cabo, sea por la vía que fuere. Por lo tanto, lo que se plantea es ir, de nuevo, a unas elecciones anticipadas. No porque le convengan a Artur Mas y a CiU, obviamente, sino porque ahora está más claro para todas las partes que el camino que se está recorriendo no tiene salida. O, mejor dicho, no tiene salida airosa. Nunca la tuvo y lo que recoge es lo mismo que recogerá si sigue en ella. El movimiento independentista puede seguir con sus campañas, y es lo que está haciendo. Pero otra cosa es un Gobierno. El Gobierno de Artur Mas se ha quedado sin programa, salvo que repetir la jugada se considere como tal.

Uno de los agarraderos que tiene a mano es, paradójicamente, el que ofrece el PSOE: renunciar a toda consulta al electorado catalán que quepa identificar como referéndum de autodeterminación, a cambio de entrar de lleno en una reforma constitucional del modelo territorial. El PP ya ha dicho que no la quiere, por lo que en realidad no hay caso mientras la relación de fuerzas parlamentaria sea la que es. Esperar a que cambie lleva a 2016, pero la expectativa de un hundimiento electoral del PP que lo convierta en irrelevante es ilusoria.

Además, no es solo el PP. Es que esta oferta no despierta interés en Cataluña porque no entra en lo que, a estas alturas, es el meollo del problema: las garantías de reconocimiento nacional una vez que se ha instalado la idea de que el logrado en 1978 es hoy insuficiente. Por mucho que se disimule, no es un federalismo pensado para Cataluña sino para que Andalucía lo acepte. Es lógico e imprescindible que así sea, claro. Pero un federalismo pensado para Cataluña comenzaría por esas garantías. Si los socialistas quieren ofrecer una salida real a la cuestión catalana deberían entrar por ahí. Si esta vía estuviera abierta, incluso sería una tabla de salvación para Mas. Pero está cerrada.

 

Enric Company, El País, 22/04/2014

 

 

 

 

 

 

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