Manuel Castells: Revolució a Ucraïna

Manuel Castells: Revolució a Ucraïna

 

Sucedió de nuevo. En un país gobernado mediante elecciones más o menos democráticas sin que las instituciones políticas permitan otra expresión ciudadana que la de esperar a la próxima elección, cuando el autoritarismo y corrupción del presidente y su partido se pasan de la raya, la gente se organiza en internet y en la calle, ocupa lugares simbólicos, como la plaza Maidán de Kíev, y mantiene su protesta pese a la violencia que se abate sobre la acampada. Al final, el Gobierno se desploma, el presidente huye, se libera a los líderes opositores, se disuelve a los perros de presa antidisturbios, se organiza un gobierno de transición y se convocan elecciones para el 25 de mayo. Mientras, los manifestantes siguen en la plaza Maidán por si acaso, con el apoyo de Timoshenko, la carismática y controvertida líder que se postula como presidenta. Pero el triunfo de la revolución abre un proceso más que cerrarlo. Un proceso de consecuencias imprevisibles.

Las causas del levantamiento popular son múltiples. Una crisis económica interminable, agravada por la corrupción desmedida de la clase política. Autoritarismo y arrogancia de los dirigentes, en particular del presidente Yanukóvich y su camarilla. Manipulación de la justicia contra cualquier opositor.

Pero las causas más profundas de la crisis ucraniana resultan de un conflicto identitario. Aunque la mayor parte de la población es étnicamente ucraniana, definida por la lengua, la asociación histórica de Ucrania con Rusia, en particular durante el periodo soviético, conlleva que un 20% de la población es cultural y lingüísticamente rusa, con otras minorías (cosacos, judíos, tártaros, moldavos, chechenos) también presentes en este mosaico étnico-histórico. Aun siendo una minoría los rusos están concentrados en el este y sur del país, en donde controlan la mayoría de gobiernos regionales y de donde es originario Yanukóvich (de Donetsk). La tensión que hoy estalla entre prorrusos y nacionalistas ucranianos tiene dos momentos álgidos. Por un lado, el verano del 2012 cuando Yanukóvich decretó la protección de las minorías lingüísticas disponiendo que en todo territorio con 10% de la población de lengua no ucraniana, su propia lengua sería cooficial. Dicha política lingüística desencadenó la protesta de los nacionalistas ucranianos, afirmando su identidad frente a la influencia tradicional de Rusia. Uno de los primeros actos del Parlamento de Kíev tras la revolución fue anular dicho decreto. La minoría rusa lo resiente como una provocación y una declaración de intenciones sobre la ucranización forzosa de toda la población (desrusificación para los nacionalistas).

Y lo que motivó la explosión popular en Kíev que llevó a la revolución fue la protesta contra la decisión de Yanukóvich el pasado noviembre de reforzar los tratados comerciales y de cooperación con Rusia en detrimento de una posible asociación con la UE. Como en otros países de Europa del Este, la mayoría de la población busca cobijo en la UE como forma de contrarrestar la influencia rusa. La alianza de Yanukóvich con Putin fue rechazada por la oposición, mayoritaria en Kíev, y desencadenó la violenta protesta del ultranacionalismo radical de partidos como Svoboda.

El enfrentamiento entre el oeste nacionalista ucraniano y el este-sur prorruso es particularmente dramático en Crimea, en donde la gran mayoría de la población es rusa. De hecho, la pertenencia de Crimea a Ucrania es un accidente histórico. Una región tradicionalmente rusa, fue traspasada a Ucrania en 1954, por el entonces líder soviético Jruschov, ucraniano de origen, en la noche en que celebraba el día nacional de Ucrania con abundante vodka. En el proceso de desmembramiento de la URSS, Rusia se aseguró la concesión de la base naval de Sebastopol, sede histórica de la flota rusa del mar Negro, a cambio de compensación económica, mediante un tratado prorrogado hace unos meses hasta el 2040. Pero la complejidad identitaria de Crimea no se reduce al enfrentamiento entre ucranianos y rusos. También es tierra de tártaros, que en el conflicto actual se sitúan frente a los rusos para preservar su autonomía al interior de Crimea. Pero frente a ucranianos y tártaros se sitúan cosacos y judíos recelosos de un nacionalismo ucraniano frecuentemente antisemita y que colaboró con los nazis en los campos de exterminio. Resulta, además, que Crimea tiene una importancia fundamental para Ucrania, por ser la región económicamente más productiva. En particular por la fertilidad de su tierra negra, granero potencial para China que proyecta fuertes inversiones en Crimea, alquilando tierra y construyendo dos modernas terminales para la exportación de grano.

El triunfo de la revolución nacionalista en Kíev ha soliviantado los ánimos entre los distintos grupos étnicos en Crimea, donde se producen violentos enfrentamientos en este momento, con milicias ocupando sedes del gobierno regional. Puede ser el detonante de un movimiento separatista en Crimea que se extienda a las regiones del este. A ello se añade el interés geopolítico de Rusia que no tolera la puesta en cuestión de la permanencia de su base naval en Sebastopol. En prevención de posibles incidentes, la Marina rusa ha puesto en alerta a las unidades terrestres que protegen a la flota y tanques se mueven hacia Simferopol. Putin ha ordenado maniobras militares de gran envergadura en la frontera con el consiguiente sobresalto de la OTAN y la UE.

Que la sangre no llegue al río dependerá de la moderación con que opere el nuevo gobierno provisional de Kíev. En principio es un gobierno dominado por el partido nacionalista moderado de Timoshenko, con ministros del sector liberal proeuropeo de Maidán, ministros de Svoboda (extrema derecha), algún representante del partido de Yanukóvich y técnicos y académicos independientes. Pero la dinámica del enfrentamiento étnico-identitario en las calles de Crimea puede fácilmente desbordar los cálculos de los políticos de Kíev, desencadenando un proceso separatista y una crisis geopolítica entre Rusia y Occidente.

Moralejas: las instituciones no son inmutables. Y la cuestión identitaria sigue siendo central en la sociedad y en la política.

Manuel Castells, La Vanguàrdia, 01/03/2014

 

 

 

 

 

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