Antoni Puigverd: Llengües

Antoni Puigverd: Llengües

 

Es curiosa la falta de atención estratégica que, en un momento supuestamente histórico, merece el tema más potencialmente inflamable: el de la pluralidad lingüística catalana. En el entorno periodístico y político español, la lengua catalana sigue siendo sospechosa. Percibida como un problema, un engorro. Una infección del sacrosanto dominio de la lengua “nacional” (también llamada “común” o “española por antonomasia”). Es inútil esperar de la España mayoritaria (la de matriz castellana) la inteligencia emocional que reclamaba ayer José Antonio Zarzalejos en El Confidencial. Es inútil después de que, en el Manifiesto por la lengua común, escritores de la talla de Marina o Pombo defendieran, sin ruborizarse, la tesis de que el castellano, al margen de su estatus político, es una lengua superior en tres ámbitos: cultural, democrático y social.

La batalla de la lengua catalana como lengua española se perdió enseguida. El antifranquismo, que había aplaudido a Raimon, observó con disgusto la normalización social del catalán. Pronto cuajó la tesis pseudo-liberal de que los territorios no hablan lenguas, sólo los individuos. Tal argumento que niega lo obvio (las lenguas son instrumentos de comunicación social) condena a las lenguas menos habladas a la privacidad o a la reserva india.

Sucede, sin embargo, que el tema lingüístico, como todos los que afectan a Catalunya, no se plantea sólo en términos de Catalunya contra España. Donde las lenguas establecen verdadero contacto es en Catalunya. Y es, por tanto, en Catalunya donde debería cuidarse, como en invernáculo floral, la empatía de los hablantes de una y otra lengua. Si la cuestión de las dos lenguas crece al azar como un bosque abandonado, el riesgo de incendio aumentará, aunque ningún bombero lo detecte.

Pasados treinta años de normalización institucional del catalán y de la experiencia en la inmersión escolar, ha llegado el momento de evaluar y revisar la política lingüística. Por dos razones. Primera: el catalán está mucho mejor protegido contra el peligro de extinción de lo que estaba en los años ochenta (lo que, por cierto, demuestra el escaso rigor con que el soberanismo evalúa los años de conllevancia democrática). La segunda razón atañe a todo el catalanismo (rupturista o no): el objetivo de “un sol poble” no se ha alcanzado. Si el ascenso de Ciudadanos demuestra que el espacio perdido por el PSC lo ocupa el españolismo, también en el entorno escolar progresa la cultura del enfrentamiento. Allí donde el PSC ya no consigue, por su flaqueza, alzar muros de contención, avanza el malestar lingüístico.

El catalanismo tiene una cuenta pendiente con el castellano. Los líderes soberanistas comparten dicha idea, en teoría; pero en la práctica cultivan el esencialismo romántico (Herder). Si por necesidades tácticas (la ebullición callejera manda), no se ponen manos a la obra, el peligro de incendio aumentará. Y si llegara a estallar, el catalán tiene las de perder. La historia demuestra que las lenguas pequeñas no puede permitirse el lujo de un enfrentamiento.

Antoni Puigverd, Caffe Reggio, La Vanguàrdia, 12/02/2014

 

 

 

 

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