Enric Company: Amb Espanya o adversaris

Enric Company: Amb Espanya o adversaris

L’aïllament internacional amb que amenaça Margallo implica convertir espanyols i catalans en enemics 

 

Una de las obligaciones de todo gobierno es prever la tercera o cuarta derivada de las apuestas políticas de envergadura y desde luego eso es lo que parece pensar el Gobierno del presidente Mariano Rajoy cuando ha elegido al ministro de Asuntos Exteriores en uno de sus más cualificados peones en el conflicto catalán, en su batalla con el Gobierno de Artur Mas para impedirle que convoque una consulta sobre el futuro político de Cataluña.

A juzgar por lo que se ha visto en los últimos meses, el ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, no ha sido solamente el encargado de dar la batalla en el marco de las instituciones europeas e internacionales para evitar que Artur Mas reciba apoyos del exterior. También ha sido el encargado de prefigurar ante el electorado catalán el desastroso fracaso que una eventual declaración unilateral de independencia de Cataluña obtendría en el contexto internacional.

Una declaración de este tipo no es el objetivo declarado por el Gobierno de CiU, pero sí es una de las opciones acariciadas por sus aliados de Esquerra Republicana (ERC) y por el movimiento independentista. De ahí que no carezca de lógica que el ministro se adelante a ella. El escenario dibujado por García Margallo, si se diera esa eventualidad, es el de una Cataluña aislada por décadas en el escenario europeo, fuera de la eurozona, sin acceso a los mercados financieros europeos e internacionales. Y, por lo tanto, abocada a la quiebra económica con todas sus secuelas de empobrecimiento: pérdida de mercados, de los beneficios de la Seguridad Social, pensiones, etcétera.

Calamitosas previsiones de este tipo pueden ser perfectamente plausibles en el momento en que se formulan. Pero como que su pretensión no es simplemente la de describir hipótesis para mañana sino la de provocar hoy el desistimiento de una de las partes en conflicto, ponen el foco en el desastre económico al que arrastraría a la sociedad catalana. En la otra parte, la del soberanismo, otros agentes formulan otro tipo de previsiones, alejadas de las catástrofes.

Pero una cosa es prever el futuro y otra fabricarlo. En los planteamientos de García Margallo y, en general, en el argumentario del Gobierno español y del PP en contra de la apuesta soberanista de Artur Mas hay un aspecto subyacente digno de particular atención, porque ilustra acerca de las causas profundas de la crisis del modelo constitucional y, más aún, del concepto de España realmente manejado en ella. Es el siguiente: Si el presidente Mas pudiera llevar a cabo la declaración de independencia a la que le empujan sus aliados, eso significaría que el Gobierno de España habría optado por no impedirla previamente con los instrumentos legales y jurisdiccionales a su alcance, en contra de lo que la vicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría suele asegurar que sucederá si Mas da el paso.

Puestos a prever primeras, segundas y terceras derivadas, ¿qué es más verosímil, llegar al escenario de una intervención de la Generalitat por el Gobierno de Rajoy, como reclama parte de la opinión pública española y sugieren las advertencias de la vicepresidenta? ¿O llegar a los hechos consumados que implica el escenario descrito por García Margallo?

El objetivo de este artículo no es prever qué va a suceder. Es señalar que, hasta ahora, las alternativas y los argumentos utilizados por el Gobierno de Rajoy garantizan que el Gobierno de España estará desde luego en contra la independencia de Cataluña sobre el terreno y, además, se convertirá en su acérrima enemiga en el escenario internacional. Porque, ¿qué motivos tienen la Unión Europea y la mayoría de los estados que la componen para no reconocer un estado catalán? Básicamente uno: que España se lo requiera.

Una eventual independencia de Cataluña les gustará más o menos, pero la UE que aspira a atraer a Ucrania, que ha incorporado unos estados surgidos de las guerras balcánicas y negocia la adhesión de los demás, la que absorbió como europeos a los alemanes de la RDA y a estados que formaban la zona de influencia de Rusia como Polonia y las repúblicas bálticas, no podría dejar de considerar como europeos a los ciudadanos de una Cataluña que ya forma parte de la Unión, salvo que renegara de sus principios. Si se opusiera a ello, sería solo por exigencia de España. Pero este supuesto, que es el que maneja García Margallo, configura un pésimo modelo de relación futura entre Cataluña y España sea cual sea el desenlace de este envite. Viene a decir algo así: O estáis en España o seréis tratados como sus enemigos.

La verdad es que la amistad que amenaza convertirse en enemistad si surge un conflicto no se presenta como una relación positiva, atractiva, enriquecedora desde el punto de vista humanístico, social, cultural, nacional. Más bien parece una relación basada en la fuerza, la imposición, la sumisión. Y así es como una cuarta o quinta derivada del argumentarlo de García Margallo es que provoca repelús en por lo menos una parte de la ciudadanía catalana que, sin ser independentista, advierte en estos tiempos, no sin perplejidad, que la España que se le ofrece como alternativa al Estado catalán, también le disgusta y tampoco le interesa. Malos tiempos para la lírica.

Enric Company, El País, 11/02/2014

 

 

 

 

 

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