Joan Majó: Cops d’estat imperceptibles

Joan Majó: Cops d’estat imperceptibles

 

El poder político es la capacidad de una persona, o de un grupo organizado de personas, de decidir la dirección en la que se mueve una comunidad, de establecer sus objetivos, y de impulsar las acciones necesarias para conseguirlos. Los sistemas democráticos intentan que sea el conjunto de los ciudadanos quienes decidan colectivamente las personas que forman parte de las instituciones políticas y ejerzan el poder. El éxito de este intento es siempre parcial; es evidente que existen otros grupos con poder, cuya influencia puede ser muy grande. Los llamamos ‘poderes fácticos’. Seguramente los más importantes son el militar, el económico y el mediático. Los peligros que estos poderes suponen para la democracia son de tipo muy distinto, ya que su relación con el poder político es muy diversa, así como sus métodos de actuación.

Poder militar

Simplemente sustituye la democracia. Toda dictadura militar (sea fascista, del proletariado, o teocrática), suprime o desfigura la intervención de los ciudadanos en la elección de sus dirigentes, y la desplaza al Ejército, al Partido o a la Iglesia, o a una coalición entre ellos. Es pues claramente incompatible con la democracia y generalmente no lo disimula, aunque intente hacerlo inventando formas de democracia etiquetadas (‘popular’, ‘orgánica’…). Una parte muy importante de los países que existen actualmente están bajo este tipo de regímenes.

Creo que este peligro está actualmente alejado de los estados europeos, aunque haya algunos brotes preocupantes. Deseo, pues, hablar de los otros dos, que son menos evidentes, pero son los más peligrosos para nosotros.

Poder mediático

Su peligro para la democracia estriba en que acepta formalmente el sistema pero manipula la información, un elemento clave para formar los criterios de los ciudadanos a la hora de decidir. Los medios de información no solo tienen derecho, sino que pueden, y deben, tener opinión; pero deberían estar profesionalmente obligados a ser absolutamente rigurosos en la información que transmiten. Hemos vivido muy de cerca campañas importantes de medios privados y públicos intentado influir en las opiniones ciudadanas y en las decisiones políticas, a base de falsear la realidad y de describir los acontecimientos desde unos puntos de vista totalmente sesgados.

En muchos casos, hay que decirlo, esto se hace en complicidad con los mismos gobiernos o partidos (desgraciadamente, no hay excepciones). Esta situación no elimina la democracia pero la corrompe, pues falsea las situaciones, deforma los argumentos y contribuye a la confusión. El funcionamiento de las redes sociales, con su gran capacidad de difusión de información, está acabando con el ‘oligopolio de los medios’, pero su carácter difuso y a menudo anónimo, hace que también sea fácilmente manipulable y no es seguro que esté añadiendo claridad y rigor.

Poder económico

Había estado antiguamente en manos de los propietarios de la tierra; pasó hace ya tiempo a los propietarios del capital industrial; y actualmente se concentra en el capital financiero. Este cambio le permite actuar de una forma nueva. Su principal instrumento son los movimientos de capital en ‘los mercados’. La desregulación de las actividades financieras, la libertad total de movimiento del dinero a nivel mundial, y el gran aumento de la componente especulativa en las operaciones financieras, han generado una gran dependencia de los gobiernos con respecto a dichos mercados. Son capaces de controlar el valor de cambio de la moneda de un país y por tanto de influir decisivamente en la competitividad exterior de su economía, al margen de los ajustes internos que éste realice. (Es muy interesante observar la historia de los tipos de cambio euro-dólar-yuan y observar la lucha entre política y mercados…).

Por otra parte, determinan el interés al que cada país financia su deuda y por tanto limitan su capacidad de invertir y de gastar, generando además un círculo vicioso de déficit-deuda-intereses-déficit. Ello obliga a los gobiernos de los estados a tomar decisiones incomprensibles para los ciudadanos, ya que los gobiernos no actúan pensando en ellos, sino en aquellos a los que deben dinero e intentan que les sigan prestando.

No somos conscientes de hasta qué punto nuestras democracias se están debilitando como consecuencia de los cambios recientes experimentados por estos dos poderes. Vemos a menudo, en los países poco desarrollados, golpes de Estado brutales y violentos que eliminan la democracia. Pero en los más avanzados también puede haber otros golpes de Estado imperceptibles, más tranquilos y más lentos que, sin matar la democracia, la secuestran, y ponen a los gobiernos a su servicio. La historia de los últimos diez años se puede leer con preocupación desde esta perspectiva.

Joan Majó, El País, 05/02/2014

 

 

 

 

 

 

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