Laia Bonet: Catalunya i el PSC

Laia Bonet: Catalunya i el PSC

 

Una amplia mayoría de las fuerzas políticas catalanas llegó a la conclusión de que el desbloqueo de las relaciones Cataluña-España pasaba por consultar a la ciudadanía sobre qué modelo era el conveniente para el futuro. Esta aspiración, asumida en sus programas electorales y respaldada en varias resoluciones parlamentarias, reunía en torno al concepto derecho a decidir a independentistas, nacionalistas, confederalistas y federalistas. Es obvio que cada fuerza política veía en la consulta opciones muy diferentes: desde la ruptura del statu quo por agotado e irreformable, a la oportunidad de cambiarlo profundamente.

Con los meses la posibilidad de consultar a los catalanes parece que se aleja, aunque un calendario predeterminado hiciera creer lo contrario. Los intereses partidarios y las limitaciones de las fuerzas políticas están haciendo muy difícil este proceso. La impaciencia de ERC y su imprudencia, la incapacidad del presidente Mas para hacer más fuerte y sólida la mayoría en torno al derecho a decidir, la inmovilidad del PP y las dudas del PSC para estar a favor de la consulta desde una posición propositiva y activa están lastrando esta posibilidad.

El impulso de una tercera vía mediante una reforma constitucional federal, que tenga elementos claros de bilateralidad, debe ser compatible con la realización de una consulta que reconozca a Cataluña como sujeto político. La consulta era —y es— una gran oportunidad por su potencial democrático y por su dinámica transformadora. Lamentablemente los errores y el patrimonialismo de Mas y Junqueras en este proceso han servido, parece, de coartada perfecta para que el PSC recule y abandone el espacio central y quedar alineados con los que, tras las razones de legalidad —que comparto—, creen que la mejor consulta es la que no se haga. Gran error.

El PSC parece, también, que quiere aprovechar esta nueva definición y posición para reforzar la unidad interna y la disciplina jerárquica. Y hacerlo con solemnidad a través de una votación inequívoca el próximo domingo que puede tener el efecto contrario de lo que persigue. Es decir, que podemos salir más divididos que unidos. La argumentación de que nos hace falta claridad y que no debemos acompañar a CiU en su suicidio político, con sus consecuencias para el país, es en parte una excusa perfecta para imponer un estilo y un liderazgo político que confunde democracia con unanimidad. “Si en una reunión estáis los diez de acuerdo en todo, probablemente sobran nueve”, decía James Hunter.

La pluralidad lleva a la diversidad, no a la unanimidad. Buscar la unanimidad como instrumento de poder político interno es renunciar a ofrecer una representación política integradora, plural y múltiple. Decíamos que éramos el partido que más se parecía a la sociedad catalana. Ya no. Somos el partido que más se parece a sí mismo, y a la interpretación actual de sus principales protagonistas, que no es igual. Este domingo podemos certificar varias cosas. Una de ellas es que nuestra apuesta por el derecho a decidir que llevábamos en nuestro programa era una pose y una urgencia táctica. O nos equivocamos entonces o nos equivocamos ahora.

Nuestros militantes y simpatizantes están agotados y nuestros votantes exhaustos. Se alejan votación a votación, encuesta a encuesta. Y seguimos empeñados en que la razón es porque no ofrecemos una imagen nítida. Confundimos claridad con simplicidad. Pensar que obtendremos beneficios políticos y electorales si salimos del campo político central y que nos irá mejor si esperamos a ver como se estrella Mas y sus aliados, es renunciar a liderar Cataluña. Nadie reconocerá mérito alguno a quien, por cobardía, cálculo o interés partidario interno, espera tranquilamente. Sino a quien arriesga, propone y ofrece soluciones.

La política catalana está en un lío, y no podemos quedarnos de brazos cruzados o parecer que, en esta cuestión, entre lo que representa Susana Díaz o Artur Mas, comprendemos más y mejor a la primera que al segundo, aunque este, por otra parte, haya demostrado una incapacidad política digna de estudio. Mas hace pequeño todo lo que toca: su coalición electoral y la mayoría que teníamos por el derecho a decidir. Y si sigue así, hará más pequeña a Cataluña. Pero eso, sus errores y sus limitaciones, no pueden ser la coartada para los nuestros.

El actual núcleo directivo socialista se ha empeñado en tener un banquillo político más compacto, con la ingenua idea de que en la política, como pasa con algunas tácticas en el fútbol, se gana solo con defensas. Es mi equipo y sufro al ver cómo retrocede. Pero no por no estar convocada o no figurar en la alineación. Sino porque, con el juego que se prevé, vamos a ser incapaces de ganar el encuentro. Si nuestra única oferta es esperar el fracaso de los demás, renunciaremos a la política.

Todos hemos cometido errores, seguramente. Pero entre los que no perdonan o no les importa que se vayan los incómodos críticos, yo apuesto —junto con muchas más personas— por trabajar para que en este partido no se vaya nadie, y que redoblemos los esfuerzos para que los que se fueron puedan volver; los que dudan, tengan esperanza y los que se quedan, ilusión.

Laia Bonet, El País, 16/11/2013

 

 

 

 

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