Enric Juliana: El drama del PSOE a Catalunya

Enric Juliana: El drama del PSOE a Catalunya

En 1977, cuando el autonomismo estaba de moda en toda España, Felipe González y Alfonso Guerra se asociaron al socialismo catalanista para cerrar el paso a los comunistas y proyectarse como partido de Gobierno | Hoy algunos socialistas proponen una marcha atrás que conduciría al PSOE a la marginalidad en el lugar clave del rompecabezas hispánico

 

La foto que encabeza este artículo tiene más alfileres clavados que un muñeco de vudú en la selva de Haití. Ha sido quemada varias veces y sus cenizas han sido esparcidas en el río Guadalquivir y en el parque del Oeste, la zona verde de Madrid más próxima a la calle Ferraz. Alfonso Guerra la ha cancelado de sus archivos y Felipe González seguramente prefiere no recordarla. Es la imagen festiva que sanciona el acuerdo de coalición entre el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) y la Federación Catalana del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) para concurrir juntos a las elecciones generales del 15 de junio de 1977 –las elecciones de la restauración de la democracia en España- bajo el nombre Socialistes de Catalunya.

De izquierda a derecha, el ex comandante de la Unión Militar Democrática Juli Busquets (candidato independiente), Francisco Ramos (PSOE), Alexandre Cirici Pellicer (PSC), Josep Maria Triginer (PSOE), Raimon Obiols (PSC), Eduardo Martín Toval (PSC) y Joan Reventós (PSC). Es una foto importante. Ese día, el PSOE renunciaba a medir sus fuerzas con otras candidaturas socialistas catalanas en las primeras elecciones de la democracia. En Andalucía, sí (viva competición con el Partido Socialista de Andalucía); en Catalunya, no. Decisión expresa de Felipe González y Alfonso Guerra. Lo han leído bien, el mismo Alfonso Guerra que ahora, treinta y seis años después, pide la reimplantación del PSOE en Catalunya. Puntualizo, el mismo Alfonso Guerra, no. Los hombres –los hombres y las mujeres- somos como los ríos de Heráclito: nunca nos bañamos en la misma nostalgia de nosotros mismos. El Guerra antaño guerrista es hoy alfonsino.

Para entender la importancia de esa foto hay que hacer un poco de historia. Intentaré no ser aburrido. Desde los inicios de la industrialización hasta la fecha, el socialismo nunca ha sido del todo preponderante en Catalunya. No lo fue, claramente, en los inicios del movimiento obrero; no lo fue en las turbulencias de la Setmana Tràgica (1909), no lo fue durante el advenimiento de la República y el primer estatuto de autonomía (1931-32); no lo fue durante la Guerra Civil, con un dramático pulso entre comunistas y anarquistas; estuvo a punto de serlo en los primeros compases de la Transición –brillante resultado electoral de la coalición Socialistes de Catalunya-; no lo fue durante el despliegue de la autonomía; no lo ha sido durante el reciente periodo de siete años (2003-2010) en el que dos personalidades socialistas han ocupado la presidencia de la Generalitat. Y, con toda evidencia, no lo es hoy.

Bakunin tuvo más éxito que Marx en Barcelona. Mientras en Madrid y en los otros dos focos de la industrialización hispánica (País Vasco y Asturias) germinaba la semilla del socialismo marxista bajo los cuidados del tipógrafo Pablo Iglesias, en Barcelona las ideas libertarias cuajaban con más fuerza entre los obreros industriales. ¿Más individualismo, más rechazo a la disciplina industrial, menos apego a la doctrina, más roce con la pequeña propiedad, menos estatalismo? Ahí hay tema. En su afamada obra teatral Luces de Bohemia, Ramón del Valle Inclán traza un retrato muy efectista del obrero anarquista catalán. (Escena sexta).

EL PRESO: ¡Buenas noches! 
MAX: ¿No estoy solo? 
EL PRESO: Así parece. 
MAX: ¿Quién eres, compañero? 
EL PRESO: Un paria. 
MAX: ¿Catalán? 
EL PRESO: De todas partes. 
MAX: ¡Paria!… Solamente los obreros catalanes aguijan su rebeldía con ese denigrante epíteto. Paria, en bocas como la tuya, es una espuela. Pronto llegará vuestra hora. 
EL PRESO: Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta una hoguera de odio, soy obrero barcelonés, y a orgullo lo tengo. 
MAX: ¿Eres anarquista? 
EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes. 
MAX: Pertenecemos a la misma Iglesia. 
EL PRESO: Usted lleva chalina. 
MAX: ¡El dogal de la más horrible servidumbre! Me lo arrancaré, para que hablemos.
EL PRESO: Usted no es proletario. 
MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño. 
EL PRESO: Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos. 
MAX: Yo soy un poeta ciego.

Pese a que la Unión General de Trabajadores fue fundada en Barcelona en 1888, la Confederación Nacional del Trabajo, creada veinte años más tarde, también en Barcelona, conquistó le hegemonía bajo la bandera del sindicalismo revolucionario, germinado a principios de siglo en las filas de la Solidaritat Obrera. (Para quienes todavía se aferran al falso estereotipo de una Catalunya secularmente dividida entre obreros castellanoparlantes y menestrales, pequeño-burgueses y grandes burgueses de habla catalana, ahí van los apellidos de los fundadores de la Solidaritat Obrera: Seguí, Badia, Bruguera, Savi, Sedó…, a su vez descendientes de la Unió Local de Societats Obreres de Barcelona). Las figuras de referencia de esa época son Salvador Seguí Rubinat, el Noi del Sucre, líder obrero de tremenda capacidad oratoria, anarco sindicalista, asesinado en 1923 por pistoleros del Sindicato Libre, y Francesc Layret Foix, catalanista republicano con amigos en la Lliga, abogado de los sindicalistas, asesinado por los pistoleros en 1920.

La CNT se convirtió en un sindicato enorme en el que convivían obreros de habla catalana y castellana, anarquista de acción directa, jóvenes aguiluchos de la FAI, cooperativistas y los gradualistas –moderados- de la línea ‘treintista’ (Manifiesto de los Treinta, agosto de 1931). En esta antigua filmación, Juan García Oliver explica, con un inconfundible acento catalán, cómo se formaron los grupos de acción de la CNT-FAI en Barcelona para hacer frente a los pistoleros de la patronal.

Ciertamente, la internacionalista CNT no era catalanista, ni lucía la bandera catalana en sus bandera e insignias, pero contó siempre en su seno con corrientes próximas al catalanismo, especialmente entre los ‘treintistas’, cuyo principal referente fue Joan Peiró, obrero de la industria del vidrio de Mataró y ministro de Industria de la República durante la Guerra Civil. Al respecto, son muy interesantes las memorias de Joan Manent i Presas, estrecho colaborador de Peiró y alcalde de Badalona durante el primer tramo de la Guerra Civil (Records d’un sindicalista llibertari català, Edicions Catalanes de París, 1977).

A medida que avanzaban los años treinta, tras el enorme impacto de la Revolución de Octubre, el socialismo marxista fue adquiriendo más arraigo en Catalunya formando dos ramas: el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), fundado inmediatamente después del inicio de la Guerra Civil, adherido a la Internacional Comunista y vinculado al Partido Comunista de España. Y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), fundado en 1935 en Barcelona con voluntad de actuar en toda España, partido que se definía como “marxista revolucionario” y era claramente opuesto al estalinismo, es decir, a la III Internacional. La Federación Catalana del PSOE se integró en el PSUC, junto con la Unió Socialista de Catalunya (socialistas catalanistas), el Partit Català Proletari (escisión comunista del grupo independentista Estat Català) y el Partit Comunista de Catalunya (sin vínculos con el PCE). Al frente del PSUC, Joan Comorera Solé, maestro, ex socialista. Al frente del POUM, Andreu Nin Pérez, maestro, ex cenetista, buen conocedor de la Rusia soviética, afín a León Trotsky –vivió en Moscú durante varios años después de la Revolución de Octubre- y traductor al catalán de diversas obras de la literatura rusa. Un dato interesante: en su juventud, tanto Comorera como Nin militaron por breve tiempo en la federación catalana del PSOE. Después fueron adversarios. Y Nin lo pagó con la vida.

Socialismo y cuestión nacional catalana cristalizaban en ambas corrientes. El PSUC se definía como ‘partido nacional catalán’. En el POUM, Nin era un claro defensor de la alianza con el catalanismo, una corriente social de indiscutible base popular desde sus inicios. Influjos de las consideraciones de Friedrich Engels sobre las ‘nacionalidades históricas’, recogida por el socialista alemán Karl Kautsky (secretario de Engels); las teorías de Lenin y Stalin sobre las naciones del Imperio Ruso, y el austro-marxismo de Karl Renner y Otto Bauer (autor de Las nacionalidades y la socialdemocracia, 1907) que defendían el pleno reconocimiento de las nacionalidades del espacio austro-húngaro en clave plurinacional. Añadámosle a todo ello, el impacto de la declaración del presidente norteamericano Woodrow Wilson a favor de la ‘autonomía de los pueblos’ al finalizar la Prima Guerra Mundial. (Los 18 puntos de Wilson, que sentaron las bases del Tratado de Versalles y supusieron la disgregación del Imperio Austro-Húngaro y del Imperio Otomano).

Como vemos la proximidad de la izquierda socialista catalana con la cuestión nacional no es cosa de hace cuatro días, ni consecuencia de pérfidos influjos burgueses ajenos a los intereses de los trabajadores. Hay historia y hay antecedentes teóricos de relieve, a los que cabría sumar las teorizaciones del italiano Antonio Gramsci sobre la cultura ‘nacional-popular’. Atención Guerra, atención Bono, atención Leguina, atención Susana Díaz: desde sus inicios el catalanismo ha tenido un fuerte componente popular. La simplificación de una Catalunya burguesa de habla catalana y una Catalunya trabajadora de habla exclusivamente castellana es un estereotipo falso e interesado, en algunos casos fruto de una mala lectura de las excelentes novelas de Juan Marsé sobre la Barcelona de los años cincuenta y sesenta.

Catalanismo e izquierda caminan juntos desde hace mucho tiempo, como hemos visto. Y ello ha provocado no pocas tensiones con la izquierda española a lo largo de la historia. He escogido el fragmento de un discurso radiofónico de Joan Comorera en 1937, secretario general del PSUC, durante la Conferencia del PCE celebrada en Valencia, que me parece singularmente interesante. (Comorera arremete contra los anarquistas –sus grandes adversarios, junto con el POUM- e intenta defenderse de las acusaciones de ‘separatismo”).

Acabada la Guerra Civil, Comorera siguió defendiendo una fuerte autonomía del PSUC, hasta ser expulsado por “titista’ y ‘desviacionista pequeño-burgués” en 1949. En el V Congreso del PCE celebrado entre el 1 y el 5 de noviembre de 1954 en Praga, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, zanjaba así esa expulsión:

“… el ilustre Comorera, el aspirante a César, quería terminar con el PSUC, diluyéndole en un pretendido Frente de la Patria, con el propósito de inaugurar en Catalunya nada menos que una llamada etapa histórica, como continuación de la Mancomunitat de la Lliga, de Macià y de Companys…”.

Llaman la atención los argumentos de La Pasionaria: Comorera, condenado por ambicionar la continuidad nacional catalana:la Mancomunitat de Enric Prat de la Riba; Francesc Macià; Lluís Companys. La idea de un frente catalanista común contra el franquismo no era en absoluto descabellada y se materializó en 1973 –con el PSUC como gran protagonista- con el nombre de Assemblea de Catalunya, antecedente de la actual Assemblea Nacional Catalana. Al ser expulsado Comorera se produjo en episodio que cobra interés en las actuales circunstancias. Algunos dirigentes comunistas pretendían que el PSUC cambiase de nombre y estatutos y se convirtiese en la Federación catalana del PCE. ¿Les suena la discusión? Santiago Carrilo, entonces número dos de Dolores Ibárruri, y verdadero artífice de la defenestración de Comorera, se opuso alegando que el partido catalán, una vez reorientado, debía mantener una personalidad propia.

Sí, hay historias que vienen de lejos, de muy lejos. Al respecto, aconsejo vivamente la lectura del libro Socialismo español y federalismo (1873-1976), un buen trabajo del politólgo Daniel Guerra Sesma sobre la compleja relación del PSOE con las ideas federalistas y especialmente con la cuestión catalana.

Muchos de los socialistas que se adhirieron al PSUC acabaron huyendo del estalinismo y confluyeron con supervivientes del POUM en el clandestino Moviment Socialista de Catalunya (MSC), embrión del futuro PSC. Ese grupo acabó teniendo dos ramas en los años setenta: una que podríamos llamar ‘socialista de izquierdas’, atenta a la competición-cooperación con los comunistas, y otra más socialdemócrata, netamente anticomunista.

En paralelo, superada formalmente la fase estalinista, el PSUC se consolidaba como el principal partido de oposición clandestina en Catalunya, con el auge de Comisiones Obreras, una brillante iniciativa sociopolítica de importante influencia en la historia contemporánea de España. Atención al dato que viene ahora. Al culminar su estructuración, a medio camino entre la clandestinidad y la infiltración en el sindicato vertical, la cúpula de Comisiones Obreras adopta en Catalunya, en 1967, el nombre de Comissió Obrera Nacional de Catalunya (CONC). El nuevo sindicato, llamado a tener una influencia decisiva en el área metropolitana de Barcelona durante la transición, nace empuñando la bandera catalana. La UGT hará lo mismo años más tarde. Comisiones Obreras y UGT apoyan hoy activamente el ‘derecho a decidir’. Apellidos fundadores de la Comissió Obrera Nacional de Catalunya: García Sánchez, Rozas, López Bulla, Abad, Romero, Prats, Bernasach, Cervera… Al respecto sería interesante una republicación del libro La clase obrera y la cuestión nacional de Catalunya, escrito en 1970 por Cipriano García Sánchez (Manzanares, Ciudad Real, 1927- Castelldefels, 1995), fundador de Comisiones Obreras, responsable clandestino de la CONC hasta 1975 y dirigente del PSUC.

Con todo ello, llegamos a 1977. El PSOE ha salido de la nevera en el congreso de Suresnes, de la mano de un nuevo grupo dirigente encabezado por Felipe González y Alfonso Guerra, un grupo verdaderamente acrobático a la hora de definir el programa de partido: programa izquierdista (para interceptar al PCE) y radicalmente autonomista para captar a los grupos socialistas de carácter regional y nacional de están creciento en toda España al margen del PSOE hibernado en París por la vieja dirección de Rodolfo Llopis. Hay que recuperar el tiempo perdido a toda prisa porque se avecina la muerte de Franco. Como vimos en un artículo anterior (Cuando el PSOE decía ¡Autodeterminación!), las resoluciones del congreso de Suresnes, clausurado en presencia de Willy Brandt y François Mitterand, reivindicaban “el derecho de autodeterminación de las nacionalidades”. Firmado, Felipe González y Alfonso Guerra.

La apuesta del grupo sevillano se demuestra correcta. Obtiene el apoyo de la socialdemocracia europea, con el encargo explícito de evitar que los comunistas se conviertan en el primer partido de la izquierda española, como ocurría en Italia y como estuvo a punto de pasar en Portugal y en Grecia, y organiza una eficaz estrategia de cara a las primeras elecciones democráticas. En Andalucía, decide medirse con el Partido Socialista de Andalucía de Alejandro Rojas Marcos, el gran competidor de González en la Sevilla antifranquista. En Catalunya no se atreven a competir con los dos PSC. El PSC (Congrés) de Joan Reventós y Raimon Obiols, y el PSC (Reagrupament), descapitalizado por la prematura muerte de Joan Pallach, figura de primer orden. El primer mitin político autorizado en Barcelona fue organizado por el PSC (C) el 22 de junio de 1976 y se convirtió en todo un acontecimiento. Difícil competición para el PSOE.

El PSOE, con una federación catalana apenas reconstruida después de más de cuarenta años de ausencia, no se atrevió a una competición directa. González y Guerra temían quedar en tercera posición y temían que la primera plaza fuese para los eurocomunistas del PSUC. Pactaron con el PSC (C) la coalición Socialistes de Catalunya, de la que después nació el actual PSC (PSC-PSOE), un partido que ha jugado un papel muy relevante en Catalunya.

El PSC se halla hoy en graves dificultades. No es ningún secreto. Y algunos dirigentes socialistas españoles lo achacan a su “deriva nacionalista”, como si la historia –la historia de la vieja vinculación entre catalanismo e izquierda que acabamos de repasar- no hubiese existido nunca. Es una lectura simplista y parcial que ignora la historia y las claves más complejas de la realidad reciente. El PSC se halla debilitado, principalmente, por el tremendo impacto de la crisis económica en Catalunya y por la responsabilidad que muchos antiguos electores socialistas atribuyen a la etapa Zapatero en la mala administración de la misma. Ese ‘negacionismo’ que tardará años en borrarse de la memoria colectiva. Ha habido una gran decepción con los socialistas en Catalunya. Pensemos en la gran popularidad y aceptación que José Luís Rodríguez Zapatero llegó a tener en Catalunya en 2004, poco después de iniciar su mandato. Una popularidad cercana al 80% que yo siempre juzgué exagerada. (El mismo porcentaje de catalanes que hoy apoya la celebración de consulta sobre la pertenencia a España).

Los votos que pierden los socialistas en Catalunya tienen un comportamiento distinto que en el resto de España. Muy pocos van al PP. Los primeros decepcionados migraron a la izquierda y al independentismo (ICV, heredera del antiguo PSUC, y ERC). Y en fecha más reciente, a medida que el debate interno catalán se polariza, hay fuga hacia Ciutadans, el partido de nuevo cuño que comienza aglutinar el voto antiindepentista con un vago programa de centroziquiera y el eficaz liderazgo mediático del joven Albert Rivera, que parecer aspirar a dar el salto a la política española.

Catalunya, en pocas palabras, tiene una dinámica política nacional, guste o no guste. ¡Incluso el partido españolista de moda es exclusivamente catalán!

En 1977, esa dimensión nacional ya existía y no asustó al tándem González-Guerra, porque en aquel momento la reclamación de autonomía sonaba bien y comenzaba a estar de moda en toda España.

En 2013, la adhesión al autonomismo se halla en clara regresión –especialmente en las regiones de la España interior- y la acentuación soberanista de Catalunya provoca mucha irritación y temores en la sociedad española. En 1977, los caminos convergían. Ahora se separan. La vieja guardia socialista tiene miedo y el PSOE andaluz planea un anticipo electoral para intentar interceptar el crecimiento de Izquierda Unida en el sur. El nuevo grupo dirigente andaluz, el tándem Susana Díaz y Mario Jiménez, jóvenes profesionales de la política, ambos extraídos de las Juventudes Socialista, quieren dar un marchamo más nacional-español a su línea, para defenderse del PP y competir mejor con IU, única fuerza política de ámbito español que ha dado su apoyo al ‘derecho a decidir’ de los catalanes. Para conseguir su asentamiento electoral, el nuevo grupo dirigente sevillano necesita que el PSC se esté muy quieto. Y eso hoy es casi imposible en Barcelona.

Momento muy delicado. Si el PSOE cayese en la tentación de recrear la Federación Catalana del PSOE –cosa que muy probablemente no hará- se convertiría con toda seguridad en un partido absolutamente marginal en Catalunya. Si mantiene la actual conjunción con el PSC, pero con cloroformo, el riesgo es casi el mismo. La única política inteligente –en mi opinión- es reinterpretar el malestar catalán en clave reformista y regeneracionista y tener un papel más activo –que no reactivo- en la espesa política catalana.

Andalucía y Catalunya, el mismo dilema estratégico de 1977. Si esta vez no acierta en la combinación, el PSOE puede pasarse 25 años ininterrumpidos en la oposición.

(Las reclamaciones, Alfonso Guerra, ayer guerrista, hoy alfonsino, a Salvador Seguí y Francesc Layret, a Otto Bauer y Karl Banner, a Kautsky, a Joan Comorera y a Andreu Nin, entre otros.)

Enric Juliana, La Vanguàrdia, 03/11/2013

 

 

 

 

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