Enric Company: La causa dels catalans

Enric Company: La causa dels catalans

 

Si en vez de a principios de septiembre la fiesta nacional de Cataluña cayera en otro momento del año, el presidente Artur Mas se encontraría ahora, a la vuelta de las vacaciones, perseguido por las incómodas preguntas que el 31 de julio dejó de responder en el Parlament sobre el caso Palau y la financiación irregular de Convergència. Ahí, en ese fangar estaría, igual que está su colega Mariano Rajoy, con sus no-respuestas del uno de agosto en el Congreso sobre el caso Bárcenas y la financiación irregular del PP.

Estarían en ese fangar y en otros asuntos no menos penosos y lamentables, en los que tanto el uno como el otro han demostrado ya que no tienen otra receta ni otra voluntad política que la de cumplir con lo que la neoliberal Comisión Europea ha impuesto desde el estallido de la burbuja inmobiliaria y la crisis financiera, aunque sea al precio de incrementar escandalosamente las desigualdades sociales.

Pero no, el curso político lo abre en Cataluña la Diada y este año es, además, una Diada que el movimiento independentista lleva meses preparando y calentado para que se convierta, a su vez, en trampolín para que el año próximo sea el gran año, 2014, el año del gran acontecimiento. El de un referéndum que en su proyecto tiene un único resultado imaginable: la victoria del soberanismo.

Uno de los síntomas del auge del movimiento independentista de los últimos dos o tres años es que la fiesta nacional catalana que durante decenios se había caracterizado por una declarada voluntad social e inclusiva, se ha convertido este año en su fiesta, la fiesta del independentismo.

En la Diada de 1977, el líder independentista Jordi Carbonell lanzó al resto del catalanismo su solemne admonición desde el Fossar de les Moreres, ante 30.000 entusiastas seguidores: “Que la prudencia no nos haga traidores”, advirtió. Quería decir que la implicación en curso del grueso del catalanismo en un proyecto democrático en el marco estatal español conllevaba riesgos, incluso peligros, para la supervivencia de Cataluña como nación.

El independentismo asumió entonces su posición minoritaria en la Cataluña que salía de la dictadura. No daba para más y no había dudas en eso. En la Diada de aquel mismo año se produjo la que fue bautizada como la “manifestación del millón”, convocada por el amplio abanico del catalanismo mayoritario que proponía el pluralismo nacional en la España incipientemente democrática. Es decir, la propuesta que luego se llevaría a los debates constitucionales y abocaría al consenso sobre el artículo dos y el título VIII. Justo lo que ahora es visto por algunos protagonistas de aquella coyuntura tan destacados como Jordi Pujol, como un engaño del nacionalismo españolista.

La diferencia entre aquel momento y el actual es que en el mapa político catalán algunas proporciones se han invertido. Han pasado 35 años, el tiempo de una generación. En 2012, la Diada tuvo una manifestación con un millón de asistentes que, como las anteriores, debía ser en principio de todos, pero fue capitalizada sin dificultad alguna por los independentistas. La de este año ha sido ya convocada directamente por ellos como un hito en el camino hacia la independencia. Y a quien eso no le guste, que no vaya.

El reto de los organizadores de la Diada de este año es que ya no puede haber efecto sorpresa, como en buena parte la hubo en 2012 por la magnitud del clamor y la capacidad del propio independentismo para dirigir el momento político catalán. El tipo de manifestación que han escogido permitirá mostrar una capacidad de organización de la que a estas alturas no caben muchas dudas. Es un modelo pensado para tener impacto mediático internacional, uno de los aspectos que constituye a la vez punto flaco y oportunidad de oro para el proyecto independentista.

No es un modelo pensado para comparar cifras de manifestantes con las de otros años sino para mostrar la capacidad del movimiento para poner la causa del independentismo catalán en el mapa político europeo. Se supone que las grandes novedades para esta causa son ahora precisamente estas: que se juega en un marco democrático estabilizado y en el escenario europeo. Quizá sí, quizá sea una coyuntura menos dramática e inestable que las de 1932 y 1977. Aunque la historia recuerda a todos que el de 1714 era también un escenario europeo y eso resultó ser fatal para la causa de los catalanes.

Enric Company, El País, 10/09/2013

 

 

 

 

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