Enric Company: Correspondència entre maquinistes apurats

Enric Company: Correspondència entre maquinistes apurats

Mas demana diàleg a Rajoy esperant un rebuig però la naturalesa de l’envit obliga a la negociació

 

La red ferroviaria de alta velocidad ha sido publicitada por el Gobierno del PP, y antes por el del PSOE, como un exponente de excelencia tecnológica para la difusión de la Marca España a lo largo y ancho del mundo y el accidente del día 24 en Santiago conlleva, además de las irreversibles pérdidas de vidas humanas, un serio revés para esta operación de mercadotecnia económica y política. La extensa red de alta velocidad ferroviaria se había convertido en metáfora de la modernidad de España y por esa misma razón el debate abierto sobre la responsabilidad exclusiva del maquinista en el citado accidente y la diferencia entre alta velocidad (280 km/h) y velocidad alta (220 km/h) sobrepasa de largo el ámbito estrictamente técnico.

La red y los trenes de Talgo son buenos, el fallo estuvo en el maquinista, dice el Gobierno. Pero lo dice el Gobierno de una España que trimestre tras trimestre —y van ya ocho consecutivos— sigue ahondando la recesión económica y es así como la metáfora del tren y la marca lleva a deducir, o recordar, que la recesión es también responsabilidad del maquinista que, en este caso, es el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

Se trata de un presidente que pasa por serios apuros políticos, por diversos motivos, además del mal fado en Galicia en forma de desastres, llámense Prestige o Alvia. El jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, que navega en aguas no menos tormentosas, lo ha sintetizado bien. Rajoy está sentado sobre tres volcanes: el del paro, el 26% de la población activa, un record histórico; el de la corrupción, que ha roído a su partido, con el caso Bárcenas como último gran escándalo,  y el de una Cataluña en la que crece el independentismo mientras su Gobierno impugna el marco constitucional fijado en la sentencia de 2010 sobre el Estatuto de Autonomía.

Cualquiera de los tres problemas podría bastar para poner a un presidente de Gobierno contra las cuerdas. En realidad, es casi lo mismo que le sucede a uno de los pares y al mismo tiempo contendientes de Rajoy, Artur Mas, presidente de la Generalitat y de su partido Convergència Democràtica (CDC). En su caso, paro del 23%; también escandalosa corrupción en su partido, y, además, quiebra constitucional. Mas escogió el vacacional 31 de julio para acudir al Parlamento catalán y dar allí las explicaciones que lleva años retrasando sobre la trama de cobro y desviación de comisiones entre contratistas de obra pública y el partido a la sazón gobernante en la Generalitat, el de Mas. El caso Millet.

Si Mas escogió el 31 de julio, Rajoy eligió el primero de agosto para dar al Congreso la explicación que también se le demanda desde hace por lo menos medio año sobre la financiación irregular del PP, los casos Gürtel y Bárcenas. El ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, había anticipado que Rajoy se explicaría “en el momento oportuno” y es realmente ilustrativo que la oportunidad haya recaído precisamente en el comienzo de las vacaciones de agosto, es decir, el día de la gran escapada estival, ese momento en el que medio país desconecta la mente de las preocupaciones de todo el año.

Mas ha querido que tampoco en este delicado momento político falte una vuelta de tuerca a la tensión en el contencioso nacionalista que tanto conviene a ambos presidentes. El atribulado maquinista del tren catalán envió la semana pasada al seminoqueado maquinista del tren español una carta en la que le propone la apertura de un diálogo destinado a convocar una consulta a la ciudadanía en las urnas sobre el futuro político de Cataluña, en el bien entendido de que eso implica preguntar sobre su permanencia en el Estado español. Mas conoce el rechazo de Rajoy a esta demanda y es quizá por ello que la misiva tiene un aire de correspondencia burocrática, en la que parece que se da por sentado que obtendrá una respuesta negativa.

La naturaleza inflamable del arriesgado envite requiere, sin embargo, que las dos partes agoten todos los recursos políticos y las oportunidades de negociación antes de lanzarse por otras vías. Incluso en el supuesto, bastante probable, de que eso sea lo que ambas prefieran.

Enric Company, El País, 30/07/2013

 

 

 

 

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