Jordi Amat: Matar a Cobi

Jordi Amat: Matar a Cobi

 

Sembla que calgui ajustar comptes amb el moment de major projecció de Catalunya al món a través de la seva capital

L’estigmatització de la burgesia es va projectar sobre Jordi Pujol fins a esdevenir antipujolisme

Maragall va intentar pensar el postpujolisme, però l’elaboració d’una alternativa catalanista es va complicar des de la mateixa esquerra

 

Hace veinte años la posición dominante en el debate intelectual catalán giraba en torno a las propuestas del catalanismo progresista que basculaba en órbita socialista. La pugna pujolismo/antipujolismo dominaba la escena. El tiempo transcurrido desde entonces ha visto como el nacionalismo modernizaba su relato, derivando hacia un soberanismo que parece alcanzar su momento de auge. Y desde esa posición de fuerza, da muestras de querer modificar el relato histórico para recluir al catalanismo de izquierdas, encarnado en el ‘maragallismo’ olímpico, en la anécdota historiográfica. ¿Realmente hoy Cobi no simboliza más que “la Barcelona del pasado”?

Hace ahora veinte años que alguien en algún despacho, recortando una cita de aquí y una de allí, elaboró el documento Henry Ucelay Da Cal i Borja de Riquer, historiadors al servei del nacionalisme espanyol. Era un libelo anónimo. Se fotocopió en julio de 1993 y empezó a circular por los claustros universitarios cuando arrancaba el curso siguiente. No se trataba sólo de una batalla de la guerra cainita entre académicos ni la visualización de listas negras. Tuviera más o menos influencia la denuncia, revelaba un funcionamiento anómalo del sistema. Como es bastante sabido, el peso que los historiadores han tenido en la configuración del pensamiento del catalanismo -desde Antoni Rovira i Virgili pasando por Ferran Soldevila hasta Jaume Vicens Vives- ha sido profundísimo. En este sentido, el libelo, aparte de un ataque maccarthista contra investigadores y plataformas de primer nivel (la revista L’Avenç, por ejemplo), se construyó a partir de un principio deontológico servil: los historiadores no podían cuestionar el relato homogéneo sobre el cual el nacionalismo había construido la médula de su cultura política. Era, pues, una amenaza de exclusión. Si disentías del relato oficial, te convertirías en apestado.

No soy historiador profesional sino más bien un intruso dentro de este gremio, pero me da la impresión de que a la historiografía del país, desde el punto de vista de la dignidad, entonces le tocó digerir una bocanada bien amarga. Agria y reveladora. Porque la gestación del libelo, por chapucera que fuera, delataba también un temor: el miedo a que el catalanismo -el movimiento patriótico que ha dado forma a la Catalunya contemporánea- en versión nacionalista pudiera caducar en la medida en que las transformaciones de la sociedad se explicaran sin situar como eje central el autodenominado movimiento de construcción nacional. No era, sin embargo, el único paradigma en crisis. Cuando todavía era omnipresente en los claustros, también el marxismo hacía agua y, en consecuencia, la hegemonía de la izquierda catalanista entraba en vía muerta. Por eso, pasados los años, leído desde la óptica de la historia intelectual, la aparición del libelo puede entenderse como uno de los primeros síntomas de un periodo crítico de debate ideológico -el tramo central de la década de los noventa- que, a la larga, con respecto al catalanismo, tal vez se haya convertido en decisivo. No hay que ser Gramsci para constatarlo. Las placas tectónicas de la vieja hegemonía se habían empezado a desplazar.

Viejas razones

Para situar el debate hace falta remontarse en el tiempo y simplificar. A mediados de los sesenta, por motivos pendientes de analizar, el progresismo se hizo con la hegemonía de la cultura de oposición en Catalunya. El fenómeno no era sólo catalán. Después de la Segunda Guerra Mundial, el marxismo se convirtió en el paradigma interpretativo de referencia en los círculos ilustrados de toda Europa. España, a pesar de la dictadura, no fue una excepción. En 1969, Enrique Tierno Galván, definiéndose en una entrevista como un “socialista marxista”, lo expresaba con rotundidad: “Si nos referimos, especialmente, a la clase intelectual y a la clase media, nadie habría podido prever que se divulgara Marx en la medida en que se ha divulgado en los últimos diez años.” Una cosa distinta es la calidad de la divulgación. Hace años Borja de Riquer, haciendo un balance de la historiografía catalana, lo formuló con claridad. La asimilación del marxismo, decía Riquer, fue “bastante pragmática, superficial y quizá mucho más el resultado de una conversión político-ideológica que científica.” Dejando de lado la influencia de un par de figuras totémicas -Manuel Sacristán y Josep Fontana (con el añadido del gigante Pierre Vilar)-, el marxismo en Catalunya, carente de una tradición sólida, no parece que haya producido obras de gran valor.

Sí tuvo bastante incidencia, en cambio, para elaborar una red de ideas y de personas: una nueva izquierda dispuesta a entrecruzarse con el catalanismo para impulsar un frentepopulismo antidictatorial (© Ucelay da Cal). Esta red de poder, trazada desde el partido nacional que se arriesgó a ser el PSUC, se supo dotar de plataformas -la emblemática Edicions 62-, penetró la Universidad y fue bendecida por sectores comprometidos de la Iglesia y el patriciado cultural -Espriu, Tàpies, Brossa o Joan Oliver. Como afirma el profesor Jordi Casassas, era una hegemonía lo bastante fuerte para imponer una interpretación de la cultura nacional. Tenía un discurso trabado. Usos ideológicos de la historia. Sus dos breviarios, polémicos y exitosos, fueron la interpretación de la modernidad literaria de Joaquim Molas y Josep Maria Castellet en la antología Poesia catalana del segle XX (1963) y la caracterización por parte de Jordi Solé Tura de la doctrina de Prat de la Riba como ejemplo de ideología burguesa en Catalanisme i revolució burgesa (1967), un ensayo que tuvo una recepción conflictiva tanto en el campo nacionalista -Benet o Pujol- como en el comunista -Fontana incluido, más Josep Termes.

La red no tramaba una pérfida conspiración para sabotear la catalanidad, como ahora parece que se quiera hacer creer en un ejercicio de contrarreforma. No hay que perder de vista que, con respecto a las ciencias sociales, las cabezas mejor amuebladas del momento, coadyuvando en la consolidación de aquel relato de matriz marxista, a la vez que sintonizaban la interpretación del pasado con corrientes de pensamiento normalizados en el resto de Europa (aunque la sintonización fuera superficial), pretendían minar también una de las familias que por activa o por pasiva mantenían a la dictadura: una burguesía que, gracias al éxito del desarrollismo, había empezado a enriquecerse en una sociedad ya plenamente capitalista. La estigmatización de la burguesía en bloque, comprensible pero injusta, fue, probablemente, el argumento aglutinante del nacionalismo progresista. La paradoja es que esta estigmatización se iría proyectando, de manera cada vez más maniquea, sobre un personaje -Jordi Pujol, el banquero y el político- que ponía su capital moral y financiero a su favor pero también de la oposición al régimen y la vertebración de una cultura política democrática.

El discurso antipujolista germinó durante la segunda mitad de los años sesenta. Empezaron intelectuales de izquierda, después se añadieron las reticencias de Josep Tarradellas y sólo faltó que Josep Pla pusiera un sustantivo de su parte. Pinza perfecta. El antipujolismo creaba complicidades y hacía reír. Pero aquel discurso, formulado cada vez más desde posiciones de elitismo tronado (lo diagnosticó Francesc-Marc Álvaro en Els assassins de Franco), se retroalimentaría al margen de sí capilarizaba o no en las clases medias. Estos son los hechos: en el momento de contrastarse en las urnas, el discurso resultaba estéril. Durante los años ochenta, en un periodo de crisis económica severa, la dialéctica pujolismo/antipujolismo incorporó nuevas significaciones. Del banquero burgués se pasó al tendero populista y la hilera de oposiciones que se derivaban: ruralismo/cosmopolitismo, monolingüismo/bilingüismo, nacionalismo/progresismo, Catalunya/Barcelona y, en último término, catalanismo puro/catalanismo líquido. Era una forma simple de explicación del país que favorecía la lógica de exclusión/inclusión definidora del nacionalismo. Se era de los unos o de los otros. Sin estridencias, la modernización del nacionalismo -ya fuera a través del activismo de la Crida, TV3 o el holding intelectual de Max Cahner pagado desde la Generalitat (la Revista de Catalunya, las Jornades sobre Nacionalisme, la Fundació Acta de los jóvenes Culla, Cardús, Rahola, Villatoro)- ya se había puesto en marcha.

Cobi en el geriátrico

A la larga, de aquella batalla quien salió más maltrecha sería la izquierda ilustrada -aquella que se suponía amparaba el aura del maragallismo-, obstinada en sembrar un campo que ella misma acabaría por convertir en tierra estéril. Volvía a pensar en esta evolución mientras leía los contraataques que generaron las declaraciones sobre la manifestación del 11 de septiembre de Javier Mariscal, quien ya en su día participó del carnaval antipujolista. Dejando de lado el juicio que las palabras del diseñador merezcan (la comparación con el nazismo da mucha angustia), encontré revelador que los disparos fueran acompañados de una estigmatización al por mayor de algunos ingredientes que se han asociado a la época dorada del maragallismo. “Eran los tiempos de la tontería modelna del socialismo ídem” (Pilar Rahola) o “la Barcelona apátrida, incolora, insípida e inofensiva en la que muchos aún creían” (Jordi Cabré). En los dos casos, para referirse a aquel momento, los articulistas usaban el tiempo verbal del pasado y, de hecho, la última línea del editorial que el diario El Singular Digital dedicó a la cuestión lo formulaba con rotundidad: la Barcelona que Cobi simbolizaba es “la Barcelona del pasado”.

Este afán por internar al chucho juguetón en el geriátrico del olvido no es una operación inocua. Otra vez usos ideológicos del relato histórico. Las placas tectónicas que se empezaron a mover hace veinte años han encajado. Parece como si ahora que la hegemonía del soberanismo dentro del catalanismo mediático se ha convertido en lo bastante unánime, sin prácticamente contestación desde dentro del catalanismo tradicional, haga falta ajustar las cuentas con un episodio reciente y trascendental: el momento en el que más fastuosa fue la proyección de Catalunya al mundo a través de su capital. O ya casi no se recuerda o empieza a connotarse negativamente. Diría que esta dinámica revela alguna cosa más que una venganza retrospectiva de los hijos y los nietos de Pujol que en 1989 se pusieron de largo con la campaña “Freedom for Catalonia”. Alguna cosa más que evidenciar como es debido las vergüenzas de la Internacional Progresista Papanatas. Es la convicción implícita que el recuerdo de aquella Barcelona -la capital que enterró la “ciudad de las bombas”” transformándose de gris urbe industrial a referente de festiva modernidad (con nuevas calles que honraban la tradición de los Espriu, Vicens Vives o Trias Fargas, como acaba de estudiar Jaume Subirana)- podría distorsionar el relato teleológico que hace de la independencia condición sine qua non para garantizar la pervivencia de Catalunya.

El “procés de sobiranització” (Agustí Colomines dixit) en el cual estamos inmersos pasa, entre multitud de aspectos, por imponer un relato uniforme del pasado sobre el cual se pueda construir un proyecto de futuro nutrido en la idea de ruptura inevitable con España. La tesis del fracaso de la concordia predicada desde La pell de brau, la biblia en verso de la reconciliación catalana.

Una cara de esta reescritura es lo que el periodista Francesc Canosa ha sabido concentrar en la potente imagen de la “Catalunya iceberg”: una historia de los habitantes del “país de los vencidos, de los exiliados borrados, de los muertos siempre muertos y de los vivos enterrados en vida”. Una historia pura, en teoría ahogada por el nacionalismo progresista, que tiene que emerger para orientar el camino hacia el futuro. La cruz de la reescritura es lo que queda fuera de este relato. Nuevos silencios, viejos equívocos. En el relato soberanista, el Maragall alcalde, a diferencia de lo que representará, pongamos por caso, la conmemoración de las ruinas de 1714 (más propaganda que divulgación histórica), entra con calzador.

La gran implosión

Decía al empezar este texto, hecho de hipótesis apremiadas, que la difusión del libelo es un síntoma del inicio de un periodo crítico dentro del catalanismo. Los factores que explican el advenimiento de esta mutación son múltiples, internos y externos. Influyen desde el fracaso español de la Operación Reformista (una vía de actuación del catalanismo político se obturaba) hasta la reconfiguración que exigía la caída del Muro y el consecuente replanteamiento de la Unión Europea. Pero aquella crisis va propulsó también la estela del éxito de los Juegos y del modelo de catalanidad que la Barcelona de los Juegos proyectó. No es extraño que a lo largo de 1992 Maragall empezara a fantasear con la posibilidad de presentarse a las elecciones a la Generalitat que se tenían que celebrar, en principio, en 1996. Destacados catalanistas de izquierdas integrados en aquella vieja red de los sesenta, que no militaban en el PSC pero simpatizaban con el personaje, creyeron que podrían conquistar el gobierno de la Generalitat reagrupándose entorno al alcalde. Si les hubieran forzado a definirse es probable que, poco o mucho, se hubieran presentado como federalistas. El enemigo no era España. Su rival era Pujol.

Durante aquellos años se vivió con la sensación de que se acababa una etapa. “Desde el mundo periodístico y una parte del mundo cultural, se ha decretado el fin del pujolismo”, escribía con desconcierto el entonces Director General de Promoción Cultural Vicenç Villatoro en su valioso dietario. El fin del pujolismo, en todo caso, demandaba la forja de una alternativa. Pero no existía. Quizás ningún libro muestre con tanta contundencia aquella angustiada desorientación como el impagable Contra Cataluña (1997) de Arcadi Espada. No puedo dejar de leerlo ahora en paralelo a los artículos sobre nacionalismo de Félix de Azúa polemizando con J.B. Culla (incluidos en Salidas de tono) o con los primeros artículos de Gregorio Morán recopilados en La decadencia de Cataluña. Fue también un momento efervescente de las páginas de opinión catalanas de El País orientadas por Lluís Bassets.

No deja de ser alarmante que el socialismo ilustrado, en la órbita del cual habían pivotado figuras de enorme prestigio -desde Maria Aurèlia Capmany a Alexandre Cirici pasando por Marta Mata o Josep Maria Castellet-, no se hubiera dotado de una hoja de ruta convincente. Quizás era el precio que pagaba por la obsesión antipujolista. También es cierto que la proliferación de los think tanks no había despegado, de manera que los partidos no contaban con estructuras para ir suministrándoles sistemáticamente pensamiento. El PSC, además, a pesar de controlar el Ayuntamiento y la Diputación, no priorizó la elaboración doctrinal. Fundado 1994 y dirigido por Josep Ramoneda, el CCCB, en palabras de Ferran Mascarell, tenía que funcionar como un instrumento de conexión de la ciudad con el mundo. El éxito del Pompidou barcelonés fue indiscutible, pero el contenido que se aportaba desde el CCCB no se supo o no se pretendió identificar con la cultura del catalanismo (por usar el título de un ensayo de Joan-Lluís Marfany publicado en aquel momento y que levantó un notable revuelo).

Maragall detectó el problema. En octubre de 1993 la prensa informaba de que impulsaba una plataforma de pensamiento y captación de aliados de prestigio llamada Catalunya Segle XXI, que presidirían Josep M. Castellet, Salvador Giner y Encarna Roca. Su propósito, lisa y llanamente, era pensar el postpujolismo “cuando ya estaba muy claro que casi dos décadas de hegemonía del nacionalismo conservador habían dado de sí todo lo que podían dar” (en palabras de uno de sus cerebros rectores, Josep Maria Vallès). Maragall tenía intuiciones luminosas y ligaba el desafío ideológico a la construcción europea. En sus memorias reproduce fragmentos de cartas que en 1995 dirigió a figuras del socialismo continental, como Delors o Mitterrand, con el propósito de reactivar el europeísmo. “Un grupo que se llama Catalunya Segle XXI dice en su manifiesto que la patria se concibe como punto de partida, no como punto de llegada”, decía a Jorge Semprún, y añadía, “un poeta de Girona de nombre Puigverd, que colaboró en el manifiesto de Catalunya Segle XXI, lo decía bellamente: ‘Catalunya como ágora y no como templo'”. El ágora, finalmente, no se supo llenar de contenido. La alternativa del catalanismo de izquierdas, más allá de patrimonializar la noción de cambio, no fue mucho más que un embrión. Se pecó de diletantismo.

La elaboración de la alternativa se complicaría desde dentro de la misma izquierda. “Con este partido no haremos nada bueno”, le dijo Maragall a Raimon Obiols después del Congreso de Sitges de febrero de 1994. La conquista de la dirección del PSC por parte de los capitanes, más que empezar una nueva corriente, acentuó una dinámica fosilizadora. Los capitanes -un Miquel Iceta, un Josep Maria Sala, un Joan Ferran-, en el momento de articular una respuesta a la problemática cuestión nacional, dijeron a los ideólogos del Foro Babel que hacían suyos sus manifiestos. Francesc de Carreras todavía lo recuerda. Aquel grupo de intelectuales, que interpelaba a los socialistas catalanes desde una lógica no nacionalista, se constituyó el 13 de diciembre de 1996 en el marco de una conferencia celebrada en el CCCB titulada És possible avui a Catalunya el diàleg sobre llengua, cultura i democràcia? El diálogo entre divergentes no se produjo. Aunque su propuesta era lo bastante amplia, los medios oficiales la simplificaron a la cuestión idiomática, de manera que un discurso potencial -una grieta dentro de la izquierda catalana- quedó expulsado del catalanismo. Los neocentralistas del diario El Mundo, que tuvieron la exclusiva del manifiesto gracias al miembro de su consejo de administración Eugenio Trias, se frotaban las manos.

En estas tensiones me parece descubrir el origen de la implosión del maragallismo. Implosiones que aceleraron la lentitud con la cual se mueven las placas tectónicas de la hegemonía. Quizás si Maragall se hubiera presentado a las elecciones autonómicas de 1995, todo habría sido diferente. Quizás si no se hubiera marchado a Roma, como el Cobi que se elevó solo en la clausura de los Juegos, podría haber liderado unos procesos que contempló desde la distancia. Quizás… En 1996 el Pacto del Majestic daba superpoderes a un Pujol que llevaba más de tres lustros gobernando. En 1999 la victoria en votos pero no en escaños del PSC significó el principio del fin del periodo de reformulación. Quizás habría que entender la propuesta de un nuevo Estatut como una salida en falso para huir de aquel callejón sin salida. Las conversaciones entre Maragall y Carod, que se empezaron a frecuentar entonces, ya trabajarían otro paradigma. Uno de los costes de la operación, aunque los implicados no pudieran profetizarlo, sería que Cobi y el maragallismo empezaban a formar parte de un pasado sin herederos. Encima de una memoria que se desdibuja crece el nuevo soberanismo.

El 25 de julio de 1992, en catalán, cuando empezaba su discurso, recordando la fallida Olimpiada Popular de 1936, Pasqual Maragall se giró sólo un segundo, señaló con el dedo la antigua puerta del maratón del Estadi y el mundo escuchó de su voz el nombre de Lluís Companys.

Jordi Amat, La Vanguàrdia, 19/06/2013

 

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