Xavier Vidal-Folch: Alternativas a la austeridad

Xavier Vidal-Folch: Alternativas a la austeridad

 

España cabalga hacia el umbral de deuda pública del 100% del PIB, lo que significará que deberemos tanto como producimos al año. Será casi el triple del mejor resultado en mucho tiempo, obtenido en época de vacas gordas, bajo el Gobierno anterior (36,1% en 2007).

La deuda crece en cifras absolutas porque crece el déficit anual, que se financia con deuda; porque cambiamos reducción de déficit por endeudamiento (caso del Fondo de Liquidez Autonómico); y porque deudas privadas se convierten en públicas (rescates bancarios). Y también crece en términos relativos, porque al encogerse el tamaño de la economía a causa de la recesión, aumenta el cociente deuda / PIB. En el primer trimestre se ha colocado ya en el 87,8% del PIB, y este año superará de largo la barrera del 90%.

El problema del alto endeudamiento es que genera una factura automática en intereses, que para 2013 se han presupuestado en 38.590 millones, cantidad superior a la destinada al seguro de desempleo (31.678 millones en 2012). Y, por tanto, a la larga entraña el riesgo de hacerse insostenible. Sea más o menos exacto el teorema Rogoff / Reinhart de que el crecimiento suele caer en picado cuando la deuda pública alcanza el 90% del PIB, parece poco discutible que mucha joroba acaba pesando demasiado y asfixiando el crecimiento.

Hasta ahora, para yugular el déficit y contener la deuda la doctrina oficial proponía dos recetas: reformas estructurales y austeridad. Aquellas producen resultados solo a largo plazo. Esta, en su modo extremo, ya se ve lo que da de sí.

Como matiza el profesor de Harvard Dani Rodrik, “la austeridad fiscal funciona para la balanza exterior, pero agrava el desempleo, mientras que las reformas estructurales apenas lo compensan, es más, a veces incluso lo agravan”, de modo que “el resultado final neto es una reducción del PIB, que también empeora la relación deuda / PIB”, porque aquella se agranda relativamente al achicarse este. Así lo detalló en las jornadas del Círculo de Economía en Sitges, que se convirtieron en una magna discusión sobre el asunto (www.circuloeconomia.com).

Si los planes de austeridad cojean, ¿cómo acotar la deuda? Por otras vías o en combinación con otros instrumentos, según sucedió en la historia y recordaba Carmen Reinhart: con crecimiento económico (aumento de la demanda de los países tractores); con suspensión de pagos o reestructuración de la deuda pública y privada; mediante estallidos repentinos e inesperados de la inflación, que reducen el valor de la deuda; o gracias a la “represión financiera”, canalizando hacia el uso público fondos proclives al privado, por ejemplo, orientando a la banca nacional a comprar bonos caseros (Represión financiera, otra vez, Finanzas & Desarrollo, junio de 2011).

El grueso de la doctrina norteamericana considera que la “reestructuración” de la deuda será insoslayable en los países de la periferia del euro. Y vuelve con este lema a la carga. Ya ocurrió cuando la quita griega, que se pretendió erigir en precedente del impago mediterráneo. Y ahora el fiasco de la receta de la austeridad excesiva puede jugar a favor de ese discurso.

Claro está que hay muchas formas, suaves y duras, más estigmatizadoras y más inocuas, de reestructurar deuda. A Rodrik, sin ir más lejos, le fascinan los resultados del plan Brady en cinco países latinoamericanos a final del siglo XX: México, Brasil, Argentina, Perú y Uruguay. Porque posibilitó el despegue del crecimiento. Claro que no hay ley perfecta. Argentina es el garbanzo negro, aún presa del default, con inflación del ¿21%?, en un segundo semicorralito, sin financiación externa… Fatal ejemplo.

Pero ni son casos iguales, ni todo es lo mismo en toda la periferia europea, “sólo en el caso de Grecia todo el mundo reconocía que la deuda era impagable”, contradecía Jean Pisani-Ferry, ahora asesor áulico de François Hollande, no sin reconocer que “toda receta sobre la deuda provoca alguna pérdida, a los accionistas, a los contribuyentes, al Tesoro, o al ahorro, vía inflación”.

Otra diferencia clave es que en América Latina, “los tenedores de deuda eran extranjeros, acreedores de mucho músculo”, apuntaba José Viñals (FMI), “mientras que en Europa es interna” —de alemanes, franceses, holandeses…—por lo que “una quita produciría un calentamiento financiero”. Una estampida.

No es extraño, pues, que entre el difícil vía crucis de la austeridad y el horror al pánico financiero, interesen las fórmulas combinadas de distintos instrumentos. Entre entre ellos el de erosionar/ recortar el montante de la deuda con más inflación, (se devuelve el mismo valor facial, pero de inferior poder adquisitivo). Aunque claro, eso disgusta al ahorrador. Y enerva a Berlín.

Xavier Vidal-Folch, El País, 07/06/2013

 

 

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