Joseph Stiglitz: Por qué la austeridad no funciona

Joseph Stiglitz: Por qué la austeridad no funciona

 

Hace siete años que estalló la burbuja inmobiliaria estadounidense que provocó la crisis global. Y España y Grecia están en depresión, lo que significa que una de cada cuatro personas en edad laboral y uno de cada dos jóvenes está en paro. Toda Europa tiene menos ingresos que antes de la crisis y los indicadores apuntan que seguirá sufriendo tasas de crecimiento negativo.

¿Cuál es la causa? ¿Ha sido el viejo continente asolado por terremotos o guerras? No, la única catástrofe que ha padecido Europa es ideológica. El atraso europeo está causado por las doctrinas que sostienen que los mercados son de por sí y en todo momento eficientes y estables y que, por tanto, la austeridad es el único modo de superar sus crisis. Sin embargo, para volver a prosperar, Europa necesita urgentes políticas de crecimiento y expansión, no austeridad ¿Por qué estoy tan seguro? Porque la historia nos lo ha demostrado una y otra vez desde la gran depresión.

La austeridad fracasó en Asia cuando yo era economista jefe del Banco Mundial y el FMI insistía en aplicarla allí, mientras países como Indonesia, Corea del Sur o Tailandia, que obedecían, pasaban de la recesión a la depresión. Volvió a fracasar en Latinoamérica en el 2001, cuando hizo que el desempleo creciese del 12% al 18%. Y de nuevo hoy en Europa hunde más a los países cuanto más ciegamente la abrazan.

Los defensores de la austeridad citan a algunos países que lograron recuperarse tras aplicarla. Pero no es que mejoraran gracias a la austeridad, sino a pesar de ella. Un ejemplo es Canadá, que pudo aplicar una austeridad relativa como afortunado vecino de EE.UU. entonces en plena expansión, al que exportaba, compensando la contracción causada por los recortes.

También argumentan que el gasto público no estimula la economía, porque es un multiplicador bajo, y así cometen un error econométrico, porque lo que sucede es que, cuando las economías tienen pleno empleo o se acercan a él y se aumenta el gasto público, los bancos centrales, para frenar la inflación, suben los tipos de interés y al hacerlo también neutralizan ese estímulo del gasto. Pero tampoco es ese el caso hoy en Europa, con un desempleo del 11%. Con ese paro, cada euro de gasto público sí que generaría un incremento de uno y medio en el PIB europeo.

Alemania ha insistido, además, en que el derroche ha sido la causa del problema, pero en realidad, sólo Grecia derrochó. España e Irlanda, de hecho, tenían superávits. Fueron los mercados financieros, tras ser desregulados los que no hicieron un buen trabajo gestionando el riesgo y asignando recursos. Y por eso se crearon las burbujas.

La verdadera gran lección –ésta sí demostrada por la historia– es que no es el déficit el que causa la recesión, sino la recesión la que causa el déficit. Estados Unidos la ha aprendido y ha aplicado recetas que ahora Europa podría repetir: como bajar los tipos hasta convertirlos en negativos o combinar los incentivos fiscales con el gasto público para mejorar la educación y las infraestructuras. Pero Europa sigue enrocada en aplicar la austeridad: la mejor receta para empeorar la situación.

¿Qué es lo que no funciona en el euro?

El euro nació con un defecto de origen, porque la Unión Europea no era lo que se considera un área óptima para crear una divisa común, puesto que integraba economías demasiado heterogéneas. Ese defecto se agravó al privar a los bancos nacionales de la zona euro de los mecanismos clave de ajuste: los tipos de interés y los tipos de cambio. Así se separó a los gobiernos, que son los que generan deuda, de la autoridad monetaria, poniéndolos en permanente riesgo de impago.

En Estados Unidos, en cambio, el único riesgo de impago es que se vaya la luz y las máquinas de imprimir dólares dejen de funcionar. Por eso gozamos de tipos de interés muy bajos que facilitan que invirtamos en tecnología, infraestructuras y educación. La triste paradoja es que la Unión Europea podría hacer lo mismo si no fuera prisionera del error de la austeridad, porque, hoy en día, la relación deuda sobre PIB es mejor en Europa que en Estados Unidos.

Como alternativa a una devaluación, a los países del euro se les ha propuesto la devaluación interna. Es decir, bajar precios y salarios a la vez para aumentar la competitividad, lo que, además del obvio sufrimiento, acarrea, de nuevo, ineficiencia. Porque si los deudores pierden ingresos no pueden pagar sus deudas, lo que supone la inestabilidad para todo el sistema bancario. Y de nuevo es la historia la que nos da una lección al respecto: si la devaluación interna fuera una alternativa eficiente a la devaluación de la moneda, durante la gran depresión no habría sido necesario abandonar el patrón oro.

Otros defectos de la actual arquitectura del euro se deben a que fue concebida en el apogeo de las doctrinas neoliberales. Se pensó que la libre circulación de los trabajadores comportaría una mejor asignación de la fuerza de trabajo, pero se olvidó que, si cada deuda nacional y, por tanto, cada fiscalidad, era diferente, esa movilidad provocaría, como ocurre, ineficiencia e inestabilidad.

Y lo mismo pasa con la libertad de circulación de capitales en la Unión: sólo la plena soberanía y el respaldo de un gobierno, como demuestra el caso de Estados Unidos, permiten al inversor tener plena confianza en una deuda soberana. Si esa confianza no existe o es difusa, las crisis de deuda están servidas.

En Europa se creó un mercado único bajo el principio de que el dinero y los bienes pueden moverse libremente. Parece una gran idea para la asignación eficiente del capital. Pero lo que hemos visto es que sin una reglamentación bancaria común desde determinados países se han puesto en peligro los depósitos y el bienestar de otros. Con una certeza que tiene poco de económica: detrás del sistema bancario de cada país está su gobierno. No nos gusta admitirlo, pero es así.

Tras la crisis financiera del 2008, el dinero siguió apostando por los mercados estadounidenses, pese a que allí estuvo el epicentro de la crisis. Fue aquel sistema bancario el que no había funcionado bien y había cometido todo tipo de tropelías y chanchullos financieros. Nuestros reguladores habían fracasado miserablemente. Pero el dinero siguió fluyendo hacia allí. ¿Por qué? ¿Porque los inversores tenían confianza en nuestro sistema bancario? No. El dinero siguió fluyendo hacia Estados Unidos porque la gente estaba absolutamente convencida de que su gobierno seguía teniendo el bolsillo más grande del mundo y lo demostró inyectando 700.000 millones de dólares en el sistema. Por eso siguió llegando el dinero a Estados Unidos, porque el sistema tenía todo el apoyo de su gobierno.

Como entonces, ahora también estamos hablando de problemas de toda el área euro en su conjunto, pero, en vez de afrontarlos y reformar el sistema, la Unión ha preferido considerarlos específicos de países como España o Grecia.

¿Qué se puede hacer?

Las reformas de esos errores apuntados en la arquitectura del euro mejorarían la oferta, pero requieren tiempo y lo que la UE necesita son reformas urgentes para solucionar sus problemas. Sobre todo, y desesperadamente, su primera necesidad es más demanda, crecimiento.

Porque en vez de priorizar lo importante y lo urgente, las autoridades de la UE y de los estados miembros se han estado preocupando de minucias. O, peor aún, en poner en marcha algunas de esas denominadas reformas estructurales que pueden debilitar la economía al frenar la demanda. Por ejemplo, en muchos países se aplican programas de flexibilidad del mercado laboral, lo que en muchos casos es un mero eufemismo para no hablar de rebajas de sueldos.

En realidad, el mercado laboral más flexible, el de Estados Unidos, se ha comportado peor que los que, como el de Alemania y otros países europeos, gozan de sistemas más eficientes de protección social que reducen la desigualdad. Y existe un consenso creciente en considerar, precisamente, que el aumento en la desigualdad en EE.UU. ha sido un causante de la crisis al frenar la demanda.

Pero hay políticas alternativas que podrían revertir el ciclo vicioso en que se ha metido Europa desde –recordemos– hace ya cinco o seis años. La primera sería revertir las políticas de austeridad. La segunda, promover el crecimiento a través de mutualizar la deuda en el seno de la UE y acabar así con la prima de riesgo y la especulación en torno a la deuda pública. Y la tercera, crear un sistema financiero estable.

La mutualización de la deuda es indispensable para que los países en crisis puedan gozar de tipos de interés más bajos y así invertir más en estimular sus economías y restaurar el crecimiento. Porque no hay ninguna razón para que Europa, con una ratio deuda/PIB menor que la de Estados Unidos, tenga mayores tipos de interés que allí, donde son incluso negativos. Hay muchas maneras de mutualizar la deuda, pero hay que aplicar alguna ya.

En cuanto a ese sistema bancario europeo único y estable, debería cumplir tres requisitos: supervisión común, seguridad común de los depósitos y un mecanismo de toma de decisiones común.

Sin duda, el requerimiento fundamental pasa por garantizar los depósitos, sobre todo tras los últimos precedentes. Aunque para alcanzarlo se debe seguir un orden y crear las estructuras pertinentes: primero establecer un sistema de supervisión común, después el de la toma de decisiones común y por último la garantía común de depósitos.

Demorarse en alcanzar esa unión bancaria estable es devastador para países como Grecia y Portugal. Y gran parte de esa devastación económica no será reversible. Los economistas usamos la palabra histéresis para describirlo. No vuelves a la vida después de muerto. Porque, hasta ahora, la experiencia nos ha demostrado que una empresa que quiebra por culpa de una política económica errónea no vuelve a funcionar cuando corriges esa política. De ahí que sea tan urgente corregir las políticas erróneas.

Llegados a este punto y analizando la situación en conjunto: ¿Hay esperanza todavía para España, Grecia y la UE? ¿Existe una salida para la actual situación? Cuando analizo el cuadro económico europeo, lo único que veo es una depresión sin fin a menos que Europa cambie sus políticas. No obstante, creo que sí hay esperanza, pero sólo en la medida en que la Unión rectifique su política. Y todavía tengo alguna esperanza en que Europa finalmente rectificará.

Pero entonces aparece otra inquietante pregunta: ¿en qué momento la realidad me obligará a renunciar a cualquier esperanza? Y la respuesta que extraigo es sólo un juicio político, no económico. Un dilema incómodo que los europeos tienen que afrontar sin perder más tiempo.

Porque sólo tienen dos caminos: más Europa o menos Europa. Y, a mi entender, más Europa supone esa reforma que apuntamos: mutualización de la deuda, un sistema bancario común y una armonización fiscal real. Porque sin armonización fiscal no puedes aplicar una progresividad que reduzca las desigualdades sociales. Y sin esa progresividad, las desigualdades que han estado creciendo durante estos años empeorarán más aún.

La mayoría de las crisis económicas como ésta tienen su origen en el hombre. Aquí no estamos hablando de una hambruna o un desastre natural. Son el resultado de procesos inestables del mercado empeoradas en los últimos años por un sistema que, en vez de corregirlas, las hace aún más inestables. Un sistema y unas reglas de juego que introducen más inestabilidad todavía, impiden las políticas de ajuste y crean dinámicas adversas al crecimiento.

De hecho, hasta ahora las respuestas políticas a esa inestabilidad en la mayoría de los casos han empeorado las dinámicas negativas. Por eso creo que ha llegado el momento de una reflexión más profunda, de que las autoridades políticas y económicas europeas reexaminen no sólo las políticas de austeridad, sino también la estructura de la eurozona.

Pero antes de llegar a ese punto, aún confío en que Europa y Alemania modifiquen sus políticas demostradamente erróneas por las que están pagando un alto precio no sólo ellos, sino el mundo entero, que permitiría la progresividad y con ella un freno para la rampante desigualdad que también frena el crecimiento.

Joseph Stiglitz, Caffe Reggio, La Vanguàrdia, 02/05/2013

 

 

 

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