Jordi Borja: Espai públic i canvi polític

Jordi Borja: Espai públic i canvi polític

 

Cuando Fraga Iribarne, ministro del interior, proclamó “la calle es mía”, sugirió  sin querer a los movimientos democráticos un eslogan y una iniciativa. Vivíamos el período agónico de la dictadura. La respuesta fue inmediata: la convocatoria tenía título “la calle es nuestra, de todos”. Las  grandes ciudades españolas vieron sus calles ocupadas por decenas de miles de ciudadanos y ciudadanas. Era febrero de 1976. Ahora en el marco de una democracia pervertida, limitada y excluyente la política democrática ha salido de las instituciones y ha pasado a la calle. Los indignados de la Puerta del Sol  hace dos años,  el clamor por el derecho a decidir de los catalanes hace a penas 9 meses y la multiplicación de los movimientos sociales y sindicales en el último año  han abierto un nuevo camino hacia la reconquista de la democracia.

Los buenos pensantes, es decir la gente conservadora, inquieta ante cualquier  cambio, teme a la calle. Como decía Juan de Mairena, escribió Machado, los conservadores pueden tener razón pues hay mucho a conservar, pero en España, y en política, los conservadores recuerdan a aquel sarnoso que lo que quería conservar era la sarna. Hoy la sarna se ha instalado en las instituciones. La democracia está en la calle, en las asambleas, en los movimientos sociales, en las plataformas y coordinadoras, en las manifestaciones. La situación se ha hecho insoportable para  las mayorías sociales. El cambio es una exigencia que ha salido a la calle y se ha puesto a caminar. Temer a la calle hoy es apostar por un suicidio colectivo.

Los cambios políticos siempre se han escenificado en las plazas y calles de las ciudades y pueblos. En Paris y en San Petersburgo, en México y en Praga, en Atenas y en Buenos Aires. Desde la revolución francesa a la rusa, desde la independencia de las colonias americanas hasta la caída del muro de Berlín. Tomar la calle es levantar las banderas de libertad e igualdad, democracia y justicia, independencia y dignidad. Es la razón por la cual los gobiernos actuales y especialmente el gobierno de España, multiplica las medidas represivas sobre el espacio público. En la calle es donde se produce la fusión de las demandas y de las aspiraciones, donde se expresan las indignaciones y las esperanzas.  Y la inevitable confrontación con el baluarte del inmovilismo: el régimen político. El urbanismo no crea los espacios políticos democráticos, son siempre una conquista de la ciudadanía. Si que es con demasiada frecuencia cómplice del poder establecido, político o económico. El resultado son los paisajes de torres rodeados de “tierra de nadie”, los grandes proyectos especulativos que expulsan a la vez a la población arraigada y la memoria popular, las urbanizaciones anónimas y anómicas en las periferias difusas, los espacios lacónicos mortalmente tristes. Hacer ciudad democrática es crear condiciones favorables para que los ciudadanos conquisten, se encuentren  y se expresen en calles y plazas de ciudades y pueblos. Las instituciones con el tiempo se mueren y hay que reconstruirlas. La calle está siempre viva y en ella emergen las fuerzas colectivas reconstructoras.

Jordi Borja, La Lamentable, 24/05/2013

 

 

 

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