Manuel Castells: Descapitalitzar el futur

Manuel Castells: Descapitalitzar el futur

 

El poder derivado del pueblo –escribía Rousseau en 1755– es más real que el derivado de las finanzas y más seguro en sus efectos… Por eso un Estado rico en dinero es siempre débil y un Estado rico en hombres siempre es fuerte”. Y por eso el empobrecimiento acelerado en hombres y mujeres que sufre España en estos momentos es el efecto más devastador y dañino de esta crisis que no cesa. Entre el 2008 y el 2013 los residentes españoles en el extranjero han aumentado en más de un 58%, llegando el 1 de enero último a 1.931.248 registrados, a los que habría que añadir un número sustancial que simplemente desaparecen del mapa laboral español y aterrizan donde y como pueden. La emigración se ha acelerado: en el 2012 se incrementó en un 6,3%. Obviamente, con una tasa de desocupación del 27% y un paro juvenil por encima del 53%, buscar un trabajo donde sea parece una salida obligada.

Pero tiene consecuencias en lo personal y en lo económico. Más allá del drama humano del desarraigo, la pérdida de cualquier trabajador perjudica a la economía, porque con dicha pérdida se despilfarra la inversión que su familia y la sociedad hicieron para criarlo y formarlo. Pero el perjuicio es tanto mayor cuanto más capital humano existe en un trabajador (en términos de educación y cualificación profesional) y cuanto más joven es la persona, por el potencial que tiene de contribuir a la producción y a la innovación. Y los datos dicen que el perfil promedio de los nuevos emigrantes se sitúa entre jóvenes de 25 a 35 años con un alto nivel de educación y una especialización en profesiones estratégicas para el incremento de la productividad en una economía de la información. Tales como ingenieros, informáticos, arquitectos, analistas financieros, especialistas de marketing y servicios a las empresas, médicos, enfermeras, investigadores científicos, en particular en campos como la biomédica y la informática, en donde España estaba bien situada. Y digo estaba porque a este ritmo, se está liquidando el potencial científico adquirido recientemente porque quienes se marchan suelen ser los jóvenes investigadores con más posibilidades de encontrar un buen trabajo. Como Eva Galán, una bióloga manchega de 32 años que ha tenido que proseguir en París su investigación pionera sobre la influencia del medio ambiente en las células madre del glioblastoma. Como mucho, piensa en volver tras su experiencia. Pero la experiencia negativa de los jóvenes científicos que se acogieron hace años a las becas Ramón y Cajal para reinserción de cerebros no presagia nada bueno. Y ningún científico que se precie cambia la tortilla de patata por la posibilidad de vivir su pasión: el descubrimiento científico sin tener que ponerse a la cola de los catedráticos obsoletos que basan su poder en el control de las plantillas. En mis correrías por algunas de las mejores universidades del mundo, de Cambridge (Massachusetts), a Cambridge (Inglaterra) y de Berkeley a París, siempre me encuentro, en los seminarios de investigación y entre los camareros de bares de tapas, biografías significativas de jóvenes españoles y catalanes llenos de ilusión y optimismo en la vida y en sus proyectos creativos, pero claramente distanciados de un país en que sus competencias nunca fueron reconocidas y ahora menos que nunca por los recortes masivos en investigación e innovación: 340 millones de recorte en las subvenciones públicas de I+D+i en 2012-2013. Empresas e instituciones alemanas, inglesas, francesas, estadounidenses, están felices de recibir a miles de profesionales españoles de alta calidad y dispuestos a dar todo para salir adelante. Formar un ingeniero en España cuesta unos 60.000 euros, un médico unos 70.000, y ahora ese potencial se ofrece gratis y con salarios más bajos que los del país de recepción. Algo semejante ocurre con la enfermería, que falta en los hospitales españoles pero a quienes no se les ofrece empleo por aquí. La paradoja es que España había hecho un enorme esfuerzo para aumentar el nivel educativo de su juventud: un 40% en el grupo de edad 25-34 tiene títulos universitarios frente al 34% de media en la UE. Y ahora ese esfuerzo del país y de las familias se convierte en subsidio para la productividad de la economía alemana, al tiempo que el dogma impuesto de la austeridad acogota la capacidad española de realizar inversiones de futuro y emplear a esos jóvenes.

Dícese que en el largo plazo tal emigración de profesionales puede contribuir a su entrenamiento y aprendizaje, lo que incrementaría el capital humano en el momento de su retorno al país. Las expectativas no van en ese sentido. Para los emigrantes en general el número de retornos en 2007-2011 se limitó a 164.000 incluyendo a los muchos que vuelven jubilados al sol de su vejez. Incluso en la bonanza de los noventa, los retornados españoles fueron muchísimos menos que los inmigrantes que vinieron a trabajar y consumir.

El sistema educativo y científico se instala en la austeridad por un largo periodo y los burócratas universitarios guardianes de su templo nunca han estado por la labor de abrir las puertas a quienes se formaron en el extranjero y aun tienen la desfachatez de querer saltarse la cola. Y en cuanto a la empresa privada, el relanzamiento de actividad tiene y tendrá lugar en el sector exportador y por tanto generador de empleo en el exterior para una buena parte de su fuerza laboral. Se podría todavía contar con un aumento de oportunidades mediante el emprendimiento autónomo en nuevos sectores de actividad, pero las barreras existentes en la financiación de capital riesgo y en obstáculos legales a la creación de empresas limitan esa vía de salida de la crisis.

En fin, la pérdida de población joven y activa, incluidos los inmigrantes de retorno a sus países, hace aún más insostenible un Estado de bienestar atrapado entre los costos de una población envejecida y la baja productividad resultante de la descapitalización humana. Así que para recapitalizar el capital estamos descapitalizando el trabajo. Brillante.

Manuel Castells, Caffe Reggio, La Vanguàtdia, 25/05/2013

 

 

 

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