Josep Ramoneda. Catalunya: Temps perdut

Josep Ramoneda: Catalunya: Temps perdut

El projecte de la independència és feble perquè es construeix sobre la crisi del pujolisme

 

Cuando, en Cataluña, se ha plasmado la propuesta de un gran salto hacia la independencia, se ha evidenciado que los muelles que debían facilitar el impulso estaban averiados. El independentismo tomó la palabra cuando el régimen sobre el que se articuló la Generalitat reinstaurada empezó a dar señales de agotamiento. Era necesario que el pujolismo decayera para que el independentismo emergiera. Y poco a poco se ha ido descubriendo que las bases no eran suficientemente sólidas para el envite.

En Cataluña, como en España, al construir los cimientos de la nueva democracia se priorizó la estabilidad y la seguridad antes que la cultura democrática y la ambición colectiva. Al formar la nueva administración catalana se perdió la oportunidad de hacerla distinta y moderna, de alta calidad y sentido del servicio público: “Había que colocar a los nuestros”. La construcción de un sistema clientelar, que garantizara la hegemonía política, prevaleció por encima de la calidad democrática de las instituciones y favoreció una concepción patrimonial de las mismas. Una retórica nacionalista que se agotaba en sí misma, sin otro proyecto que la consolidación del nuevo statu quo, creó el clima adecuado para mantener desmovilizada y cautiva a la sociedad civil. El único proyecto portador de ambición fue el modelo Barcelona de Maragall y Bohigas, que fue recibido con recelo y sospecha, mientras los dos principales partidos guardaban celosamente el reparto de papeles y de espacios de poder. Barcelona ganó lugar y reconocimiento en el mundo, entre el pánico de los que no entendían que lo bueno para Barcelona es bueno para Cataluña. Con esta mentalidad defensiva se fraguó una Cataluña timorata, a la que desde España se premiaba su contribución a la gobernabilidad, con la tranquilidad de saber que cualquier veleidad rupturista sería neutralizada.

La crisis del pujolismo dio paso al gobierno de izquierdas y se entró en una fase de turbulencias que todavía no ha terminado. Fue precisamente durante el Tripartito que el proyecto independentista salió de la marginalidad y se propagó transversalmente. Y ha sido cuando se han dado los primeros pasos de ruptura, cuando se ha constatado que las bases de partida no tenían la solidez que requería el envite. La crisis, aquí como en España, ha revelado la cara oscura de un régimen agotado. Y quiérase o no, la corrupción que está emergiendo es un freno a las ambiciones.

Es cierto que un proyecto de independencia puede ser visto como una oportunidad para empezar sobre bases nuevas y generar una dinámica regeneradora. Pero para ello es necesario que se haga desde partidos y organizaciones libres de toda sospecha. Afrontar la cuestión de la corrupción es fundamental. Pero los principales partidos no saben qué camino tomar porque temen que si se tira fuerte de los hilos de la corrupción puedan desmadejarse demasiadas cosas. El sistema de complicidades tejido sobre el país es muy espeso.

Estos días se repite la expresión antipolítica para referirse al movimiento de Grillo que acaba de ser el más votado en Italia. Una organización que alcanza el 25% de los votos, que la edad media de sus diputados es de 32 años, que el 88 por ciento son licenciados y cuatro de cada 10 son mujeres, puede ser un grupo ingenuo y poco integrado, pero da testimonio de una gran voluntad de intervenir en política. Grillo es un personaje detestable y sería saludable que sus diputados y seguidores le agradecieran los servicios prestados y lo mandaran a la jubilación. Pero al señalar al movimiento como antipolítico se está dando por supuesto que la política es propiedad de los partidos establecidos. Y, precisamente, lo que se requiere ahora es abrir las puertas de la política a los ciudadanos que quieren romper con la indiferencia cultivada durante estos últimos años y ejercer un derecho —participar en política— que nadie tiene en exclusiva.

Si Cataluña muestra debilidad en el momento en que se pretende dar un gran paso adelante, es precisamente porque, durante mucho tiempo la política ha sido lejana a la ciudadanía, desmovilizadora y excluyente. Y ha contribuido a configurar un estado de apatía moral en la sociedad. Este es un lastre para cualquier proyecto de futuro que no es imputable al enemigo exterior y que hace pensar en el tiempo perdido en la comodidad del gobierno patrimonial del país y del statu quo partidario. El resultado es que el país está entrando en un estado de suspensión entre la melancolía de algunos por el orden perdido y la todavía ingrávida idea de independencia.

Josep Ramoneda, El País, 05/03/2013

 

 

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