Javier Solana: Europa y la modernización de España

Javier Solana: Europa y la modernización de España

Frente a la falsa sensación de que la Unión Europea actúa contra nosotros, es necesario recuperar el compromiso con un proyecto que es indispensable para nuestro impulso económico y para acometer reformas estructurales

 

Hoy quedan tres países europeos entre las siete primeras economías del mundo. Dentro de diez años quedarán dos. En 2030 sólo Alemania aguantaría en la lista, pero en 2050 ya no quedaría ninguno. ¿Qué significa esto? Que los Estados europeos son demasiado pequeños como para competir por separado en el mundo del siglo XXI. Tan sencillo como eso. Europa se enfrenta a un mundo que de aquí a 2030 va a sumar 2.000 millones de personas, fundamentalmente asiáticas, a la clase media, según la definición del Banco Mundial. La presión sobre los recursos, las materias primas, el agua y los alimentos será enorme, dado que nuestro planeta es limitado y no tenemos otro de repuesto. El reequilibrio global será prácticamente inevitable.

En este mundo marcado por la interdependencia y el cambio constante juntos somos más fuertes. Europa tiene que conseguir que las oportunidades que ofrece la globalización no se vuelvan en su contra. Si no apostamos por la integración, las sociedades europeas podrían verse superadas por las emergentes en desarrollo tecnológico, capacidad de crear empleo, costes de producción, talento y creatividad.

La Unión Europea sigue siendo el lugar cuya estructura económica y social asegura una mejor calidad de vida. La demanda de una voz europea en el mundo es clara en ese sentido —recordemos a Lula hablando de la UE como patrimonio de la humanidad— porque es garantía de unos valores que representan lo mejor de nosotros mismos. Europa tiene un reconocido y envidiable Estado de bienestar. Es una de nuestras señas de identidad colectiva y uno de nuestros principales motivos de orgullo. Sin esa voz europea el cambio será indudablemente peor.

En términos de igualdad económica, la comparación entre Estados Unidos y la Unión Europea es muy esclarecedora. El ratio de PIB per cápita entre el Estado más rico y el más pobre en Estados Unidos es de 2 a 1 (excluyendo al Distrito Columbia); mientras que en la UE es de 6,5 a 1. La desigualdad interestatal es mayor en Europa. Pero si hablamos en términos intraestatales las cosas cambian. El coeficiente de Gini (donde 0 es la igualdad absoluta y 1 es la desigualdad absoluta) medio en Europa es de 0,30 frente al 0,45 de media en Estados Unidos. China llega al 0,47. La sociedad americana (como la china) es muy desigual. En Europa ocurre lo contrario. Las sociedades son mucho más igualitarias aunque la convergencia entre sus miembros esté aún más lejos. Esta es, de hecho, la gran tarea que tenemos en el horizonte.

Teniendo en cuenta los niveles de protección social y los sistemas públicos de educación y sanidad y sin saber de antemano en qué posición social les fuera a tocar (una variante reducida del velo de Rawls), ¿dónde preferirían nacer si pudieran elegir?

Europa ha pasado por momentos malos. A principios de los años 80 se hablaba en nuestro continente de “euroesclerosis”. Europa no crecía económicamente y destruía empleo de manera alarmante. Entonces tuvimos la imaginación suficiente para crear el mercado único que sentó las bases para el círculo virtuoso de los años 90. Hoy necesitamos otra dosis de imaginación en la apuesta por la integración y por el libre comercio transatlántico, que podría tener un efecto, en cierto modo, comparable a aquello.

Sin embargo, hoy empieza a hacer mella la desafección por Europa en España y en otros países europeos. Frente a la falsa y creciente sensación de que la Unión Europea actúa contra nosotros es fundamental que nuestro compromiso europeo no se quiebre. Hay muchas razones que explican por qué, pero dos sobresalen en el horizonte inmediato.

En primer lugar, España necesita crecimiento económico urgente y por tanto financiación. Es la única manera de frenar y reducir el desempleo, que sigue siendo el principal drama de nuestro país. Para que la economía crezca son necesarias las reformas, pero también el estímulo económico empleado de manera inteligente y útil. España ni tiene el dinero necesario ni tampoco logra que se lo presten a intereses razonables. Por eso España necesita a Europa. Sea porque el dinero sólo puede llegar de allí o porque sólo ella tiene la capacidad de avalarnos, España no puede desvincularse de su compromiso europeo. No tiene otro recurso.

En segundo lugar, una Europa unida sigue siendo, como lo ha sido durante décadas, nuestra gran esperanza de modernización. Necesitamos a Europa como catalizador reformista para acometer las reformas estructurales bloqueadas por los intereses creados en nuestro país, como ya pasó cuando España tuvo que adaptarse a los estándares europeos para ingresar en la Unión.

Crece también la tentación de mirar hacia Europa buscando chivos expiatorios. Pero no debemos caer en la demagogia. España tiene que asumir la enorme responsabilidad histórica que tiene el momento en el que vivimos. Sin una voluntad clara y colectiva de modernización las soluciones que demandamos a nuestros socios estarán siempre condenadas al fracaso. Para eso se necesita el compromiso de toda la sociedad, incluyendo a sus élites políticas, empresariales y sociales.

Es indudable que no todas las recetas que nos llegan desde Europa son las ideales. Hay otra manera de hacer las cosas por la que España tiene que luchar unida y convencida del proyecto europeo. Para ello tenemos que ser fuertes dentro de la Unión y volver a recuperar la posición que nunca debimos perder. España lleva demasiado tiempo alejada del núcleo europeo, donde hoy ni está ni se la espera. Es inaceptable. España tiene que volver a ser una referencia en el continente, estar en el centro de decisión y comportarse como un país comprometido, respetable y fiable.

Para volver al lugar que nos corresponde en Europa hay que demostrar lealtad, respeto a los demás y debatir con argumentos serios para formular demandas razonables. España debe plantear sus reivindicaciones siendo consciente de que la base común que nos une es tan amplia que siempre es posible encontrar espacios de acuerdo, alianzas y consensos beneficiosos para todos. Y, sobre todo, debe encontrar una auténtica estrategia europea y abandonar las tácticas cortoplacistas.

España tiene que probar su voluntad reformista para acabar con los desequilibrios macroeconómicos y corregir los problemas estructurales. A cambio, necesitamos ayuda para volver a crecer económicamente en el corto plazo y un periodo de tiempo razonable para cumplir con nuestras obligaciones. Si no, nada de lo anterior será suficiente. Necesitamos también una verdadera y urgente unión económica y fiscal. El proceso está ya en marcha, pero hay que acelerarlo. En los últimos dos años hemos dado pasos antes inimaginables hacia la unión bancaria. El futuro fondo de garantía de depósito común será el embrión de la unión fiscal. De la misma manera que el MEDE es el embrión del prestamista de última instancia que requiere cualquier unión económica de verdad.

España no debería tener miedo a ceder soberanía. La unión política es la meta y el proceso de creación de ciudadanía es la manera de conseguirlo. La Unión debe corregir su diseño institucional para dotarse de legitimidad democrática y evitar que algunos gobiernos nacionales se conviertan en los auténticos centros de decisión. Los ciudadanos perciben que las decisiones que más les afectan se toman por líderes que no han elegido. Eso genera rechazo y desafección. Por eso es urgente recuperar las instituciones europeas como punto de encuentro y consenso y hacerlas verdaderamente representativas. Es la mejor manera de luchar por la Europa que queremos.

El camino de la integración europea parece largo y lento, pero es el único posible si queremos que Europa siga siendo un actor relevante en el mundo, con algo que decir y que aportar. Paso a paso se completa una larga travesía que, no nos olvidemos, nos ha permitido disfrutar de las cotas más altas de bienestar del mundo y de 70 años de paz.

De nosotros depende formar parte del proyecto o quedarnos a un lado. Y, por supuesto, quedarse a un lado es la peor de todas las opciones. Por eso, basta ya de eludir la enorme responsabilidad histórica que tenemos. Abordemos el debate de manera madura y constructiva. Se lo debemos a las generaciones que vienen. A nuestros hijos y a nuestros nietos.

Este momento podrá ser recordado como el revulsivo que necesitaban España y Europa para garantizar la prosperidad futura o como el episodio de más miopía política que se recuerde, germen de muchos otros problemas consecuencia de la falta de acción. Está en nuestras manos.

El reto es ahora. Y la solución sólo puede pasar por Europa.

Javier Solana, El País, 26/02/2013

 

 

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