Joan Subirats: Com està lo meu?

Joan Subirats: Com està lo meu?

De golpe nos preguntamos qué pasa con el país en el que vivimos. Cómo puede ser que hayamos convivido todos estos años de democracia con políticos corruptos. ¿Los hemos elegido mal? ¿O es la política, que todo lo ensucia y que siempre reincide? Mucho se ha escrito estos días al respecto. Lo más sensato es entender la excepcionalidad del momento en clave de obsolescencia general del sistema político construido a finales de los años 70. Un sistema político, que si bien rompió con una forma dictatorial y autoritaria de dirigir el país, permitió grandes continuidades en el estilo corporativista y patrimonial de hacer negocios y de articular relaciones entre poder y sociedad. Paolo Farnetti, discípulo de Bobbio, distinguía entre sociedad civil (con sus instituciones clave, mercado y comunidad), Estado (con sus aparatos burocráticos, judiciales, represivos, etc.) y sociedad política (partidos, asambleas representativas…). Y sostenía que era esencial un equilibrio entre esas tres componentes para que la democracia se consolidara. En España, la democracia es estable, pero el equilibrio no se ha dado. A causa de la debilidad de la sociedad civil y la relativa debilidad del Estado, el espacio democrático ha sido ocupado por unos partidos que han tendido a establecer relaciones de patronazgo con los aparatos estatales, usando patrimonialmente el poder y generando relaciones clientelares con la sociedad y especialmente con aquellos más dispuestos a aprovecharse de esas estructuras de decisión.

Como afirmó hace ya tiempo el profesor Fuentes Quintana, de todos los países europeos, España es el país en el que el capitalismo corporativo (con su mezcla de favores y contubernios entre dirigentes políticos y grandes corporaciones empresariales) cuenta con raíces más viejas y poderosas. El intervencionismo discrecional y amiguista, en forma de economía de la recomendación, constituye la base de ese capitalismo corporativo. Disponemos de un Estado de matriz napoleónica, pero con recursos limitados. Centralista, opaco y duro con los débiles, pero sin capacidad efectiva para imponerse a los poderosos. No puede, por tanto, sorprendernos que la política se haya ido entendiendo como un mecanismo de conexión con los beneficios derivados del ejercicio del poder y del control de la burocracia. Los partidos que han ido turnándose en el poder se han hecho fuertes conviviendo y aprovechando las ventajas de la intermediación, buscando ser ellos los que respondieran ahora al clásico “¿cómo está lo mío?”.

En ese escenario, la sociedad ha tendido a desresponsabilizarse. Ha esperado mucho del poder político y al mismo tiempo le ha imputado los fallos del orden social. Pero siempre desde lejos. Como si la cosa no fuera con ellos. Pero, lo cierto es que ahora ese ejercicio de delegación y desresponsabilidad ya no da más de sí. Los jóvenes, los que no vivieron la Transición, no disfrutan para nada de las ventajas de ese sistema, y sufren en sus carnes y en sus expectativas de futuro los efectos de una sociedad cerrada y clientelar. La Transición no puso un punto y aparte con las tradiciones de amiguismo y conchabeo. Significó un punto y seguido, con algunos cambios en el casting. Ahora la cosa ya no sirve, incluso para los que siempre se aprovecharon de la misma, y aflora toda la pestilencia. La división de poderes se fundamenta en los mecanismos de desconfianza cruzada, clásicos del liberalismo. Pero, la “vía española” alteró esas pautas y puso las bases para una contaminación cruzada de favores —“hoy por ti, mañana por mi”— entre gobernantes, diputados y jueces, mezclando en el juego a la misma institución monárquica, alimentándose todos ellos de los privilegios del poder y de los rendimientos de concesiones, autorizaciones y normas que favorecían a negocios amigos.

Desmontar ese entramado, romper con esas rutinas, no será fácil. La desconfianza actual puede aprovecharse para construir un sistema de cautelas fundada en la capacidad de activación de una sociedad civil renovada y fortalecida con nuevos instrumentos de información, control y difusión. Más transparencia, más protagonismo civil en selección de gobernantes. Más capacidad de decidir directamente en espacios y temas hoy secuestrados por las instituciones. No hemos de tirar al niño (la democracia) con el agua sucia (la corrupción), pero sí que hemos de reivindicar, con toda la energía posible, que ya no somos tan niños.

Joan Subirats, El País, 10/02/2013

 

 

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