José Martí Gómez: Carta abierta a un amigo

José Martí Gómez: Carta abierta a un amigo

 

Me preguntas cómo veo la crisis.

A los nacidos durante la guerra, como yo, la crisis actual nos preocupa como a todos pero no nos viene de nuevo el apretarnos el cinturón. Somos gente bregada en el hambre de la posguerra, el estraperlo, el invento del yogur sin leche, los duros calzados de Sagarra y las zozobras de nuestros padres para poder sobrevivir.

Aprendimos desde niños que las crisis son cíclicas. En los años setenta, superada la crisis del petróleo, Manuel Ibáñez Escofet, subdirector del diario en el que entonces yo trabajaba, nos dijo que aquella crisis era la última porque se habían creado mecanismos para que no se repitiese nunca más. Lo dijo muy serio, muy convencido.

Antes, el país vivió un largo periodo de inestabilidad pensando en que iba a pasar aquí cuando Franco la palmase. Había gente que tenía miedo a que estallase una revolución y en previsión de eso puso su fortuna a buen recaudo en el extranjero, creando tensiones con la valoración de la peseta en el mercado de divisas. Fueron años de fuga de capitales. Nunca se sabrá, como está ocurriendo ahora, cuanto se evadió a exóticos paraísos fiscales o a Suiza, que cuando menos tiene una imagen algo más seria.

En mi archivo tengo la documentación de las sesiones que en el Senado y en el Congreso se dedicaron al tema a partir del 27 de diciembre de 1977. El entonces senador Ferrer i Gironès fue el que hizo la interpelación al gobierno de la UCD. Me dijo que la hizo porque estaba cansando de escuchar en la calle comentarios sobre el tema: “Un vecino de Girona me dijo que incluso tenía calculados los vagones de tren que serían necesarios para reintegrar a España el dinero evadido”. Las evasiones todavía eran un punto novelescas: en automóviles con dobles fondos, en yates, en camiones cargados con cajas de fruta… Ahora es más fácil: aprietas un botón del ordenador y vuela… !bienvenido el dinero a los paraísos!

Tras la crisis de los setenta llegó la de los ochenta, con bancos en la UVI y sectores industriales al desguace. La lista de bancos que dejaron de existir superó la decena y la crisis de la industria pesada llevó a movilizaciones violentas, huelgas y paro. Entre 1973 y 1983 se perdieron en el País Vasco 125.000 puestos de trabajo. Diez años más tarde, durante un viaje a Bilbao con Eugeni Madueño mantuvimos contactos con sindicalistas de la UGT, con Altos Hornos en fase de desguace.

Nos contaron que fue duro ver morir aquello. Ver desaparecer el amado paisaje de humo y grúas debió influir, nos contaron, para que en un acto de Felipe González en Bilbao un viejo líder sindicalista le llamase traidor y luego rompiese a llorar, su corazón dividido entre la lealtad a la UGT y la lealtad al PSOE.

Angustiados con razón por la crisis actual hemos olvidado que en 1993 también hubo una crisis muy grave y que antes, en el 82, cuando el PSOE llega al poder, hay un paro del 24% y una inflación del 16%. José Montilla era por entonces alcalde de Cornellá y conversando un día con él, cuando la crisis actual ya mordía, me dijo: “Siendo alcalde tuve que ver como cerraban diez de las doce empresas más importantes de la zona”.

Al margen de la crisis, déjame terminar esta carta recordando una que viene a definir el devenir político, social y económico de este país. Me la dijo el sabido profesor Fontana rememorando la frase que Ramón Carande, maestro de varias generaciones de historiadores, le dijo a un entrevistador que le pedía definiese a España en tres palabras: “Demasiados retrocesos”.

José Martí Gómez, La Lamentable, 25/01/2013

 

 

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