Lluís Maria de Puig: Nous estats a Europa?

Lluís Maria de Puig: Nous estats a Europa?

 

Uno de las de los principios sagrados que se instauraron en la política europea después de la II Guerra Mundial fue el de la intangibilidad de las fronteras, que se reforzó en forma de acuerdo de la comunidad internacional en 1975 en Helsinki, y que se mantuvo hasta la caída del muro, en 1989. Pero  el derrumbamiento del orden soviético cambió todas las perspectivas y acarreó inmediatamente el cambio de fronteras: desaparecieron varios estados (la URSS, Yugoslavia, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia) y aparecieron otros nuevos : los bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, los caucásicos, Armenia, Georgia y Azerbaiján, la propia Federación Rusa, Ucrania, Bielorrusia, Moldavia y  la desmembración de los Balcanes con la aparición de Eslovenia, Croacia, Macedonia, Bosnia y Herzegovina,  y se mantenía una Yugoslavia que no era sino Serbia.

Como consecuencia de aquellos cambios se produjo también la separación de común acuerdo de Eslovaquia y la República Checa y más adelante hemos vivido la declaración de independencia de Montenegro, después de un referéndum de autodeterminación avalado por Naciones Unidas y la Unión Europea, y hoy estamos ante el proceso de independencia de Kosovo, muy complicado, fruto de una declaración unilateral de independencia aceptada solo por una parte de las Naciones Unidas y con una fuerza militar internacional en su territorio, que no forma parte de la Unión Europea ni, por lo que se sabe, de la qual va a ser miembro en mucho tiempo.

Es innegable por lo dicho que no prevaleció aquel principio que parecía de cemento armado de la intangibilidad de fronteras. La Europa total, la que hoy ocupa el territorio del Consejo de Europa, en 1989 era constituida por 35 estados, hoy lo es de cuarenta y nueve, (los 48 miembros del Consejo de Europa más Bielorrusia. Han aparecido catorce nuevos estados. La mayor parte eran repúblicas pertenecientes a estados federales (Unión Soviética, Yugoslavia), aunque hubo  procesos distintos (Chequia y Eslovaquia o la unificación alemana). Y nos queda pendiente la decisión final sobre Kosovo que podría llevarnos a la cifra de 50 estados, quince de ellos creados en los últimos tres lustros.

Esto es lo que sucedió, son datos incontestables del pasado inmediato. El proceso abierto sobre la hipotética independencia de Catalunya nos obliga a ser prudentes y rigurosos. La realidad histórica que acabamos de describir niega rotundamente la mayor de aquellos que afirman que no ha lugar a la creación de nuevos estados. Lo sucedido ha sido exactamente lo contrario. Y deben tenerlo muy en cuenta aquellos que piensan  que la Unión Europea no va a  incorporar nuevos estados.

Dicho lo cual hay que recordar a los del otro extremo que no existe certeza alguna sobre la admisión en la Unión Europea de partes escindidas de otro estado. Nadie puede afirmar que puedan aparecer fácilmente nuevos estados en Europa. No se hace verosímil, por ejemplo que Kosovo pueda entrar en la Unión Europea durante años. En el caso británico, aceptando la hipótesis improbable de la proclamación de independencia de Escocia, que está hoy por hoy muy lejos de obtener una mayoría favorable (y de ahí las facilidades de Londres para el referéndum), el gobierno del Reino Unido europesimista i al borde de saltar del proyecto europeo, le daría el aval para su integración en la Unión Europea? I en el caso catalán, además del veto de España y los países afines en este tema, que por si solo pueden alargar el proceso de hipotética entrada de España en la Unión Europea ad calendas grecas. Hay una fuerte oposición a la eventualidad de proliferación de nuevos estados. Muchos son los que piensan que una Europa con diez estados más de los 28 de la Unión Europea (pero con el mismo territorio) es difícil de imaginar. Por otra parte parece que si ello sucediera nadie sabe qué sería de la Unión Europea ya bastante difícil de gobernar con la actual configuración. Hoy por hoy en la Unión Europea existe una opinión negativa  a la atomización de sus estructuras políticas con más estados. Y es que la Unión Europea no se va a plantear tan solo si Escocia o Catalunya individualmente pueden ser nuevos miembros de la Unión. La Unión Europea tiene (y ha de tener) una visión global de las potenciales demandas en este campo, del número y naturaleza de las demandas y de las consecuencias de sus resoluciones al respecto. En lugares tan distintos como Voivodina, Escocia, Gales, Flandes, Catalunya, Euskalerria, Irlanda del norte, Galicia, el Alto Adigio, Córcega, Madeira, norte de Chipre y otras zonas europeas más alejadas (Chechénia, Abkhasia, Ossétia del Sur, Transnistria, el Kurdistán) existen tendencias nacionalistas de carácter independentista. Por no hablar de minorías nacionales que reivindican su integración al estado-madre; los húngaros, por ejemplo. El mapa de las minorías en Europa es de una complejidad considerable.

Todo lo cual nos sitúa  ante la enorme dificultad que constituye la creación de un nuevo estado a pesar de los discursos ilusorios de algunos. El desafío es fenomenal y exige mucho trabajo, de años, en múltiples direcciones que no ha comenzado siquiera. Los que promueven la independencia han de recordar  que no están solos en Europa y que su propuesta   puede colisionar con el peso del contexto europeo, que a mi juicio va a reaccionar desfavorablemente a la posibilidad de admisión de nuevos estados. Con este telón de fondo hay que contar. Como hay que contar con un veto español y de sus aliados. Así están las cosas  De ahí que la improvisación y la precipitación son métodos equivocados para operaciones históricas de esta envergadura. No se puede jugar, decimos, con las cosas de comer. Aunque también es cierto que tenemos todo el derecho de ir colectivamente a la frustración, que es en lo que parece que estamos.

Lluís Maria de Puig, El Guaita, 23/11/2012

 

 

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