Joaquim Prats: ARWU (Academic Ranking of World Universities), l’oracle

ARWU es el acrónimo de Academic Ranking of World Universities. Como indica Hellen Hazelkorn, el informe que, desde el año 2003, publica la Universidad Jiao Tong de la Republica Popular China, conocido como el ranking de Shanghái, es el que tiene mayor influencia y es más mediático de los trece que ofrecen una visión planetaria del panorama universitario.

El pasado mes de agosto, los periódicos de nuestro país dedicaron páginas enteras al comentario del correspondiente al año 2011. Como ocurre con otros informes, los artículos y noticias se basaban en la posición que ocupaban las universidades españolas. Con este único dato ofrecían titulares con valoraciones sobre la calidad y la eficiencia las distintas universidades. Algún articulista dictaminaba sobre la salud general de nuestro sistema de enseñanza superior sin más consideraciones que la situación de nuestros centros en la “liga” universitaria global que es el ARWU.

¿Qué mide exactamente el Academic Ranking of World Universities (ARWU)? El ranking de Shanghái analiza una serie de indicadores públicos de más de mil universidades, seleccionando las quinientas que considera mejores. Las cien primeras están clasificadas ordinalmente y el resto se agrupan en paquetes de cien.

El indicador más importante es el reconocimiento internacional. Para ello se computa el número de profesores o alumnos que han ganado un premio Nobel o una de las medallas Field de investigación matemática, distinción que otorga en su congreso cuatrienal la International Mathematical Union (IMU). Esta dimensión determina 50% de la valoración en el ranking. La otra mitad se refiere a datos bibliométricos: número de artículos publicados en los últimos cinco años en dos revistas: Nature y Science (N&S); este indicador pesa un 20%. El otro 20% lo constituye el número de artículos indexados en SCI-expanded, en el SSCI y en HiCi. Y tan solo un 10% mide la productividad media por profesor.

El ARWU no incorpora otros indicadores de calidad habituales en las evaluaciones de las universidades. Tampoco considera la función social en el contexto socioeconómico y cultural en la que se encuentra el centro. Respecto a las disciplinas, sobredimensiona algunas áreas de conocimiento, sobre todo las biomédicas y algunas ciencias experimentales en perjuicio de otras y, sobre todo, de las ciencias sociales que tienen un peso casi inapreciable en el cómputo general.

Con los indicadores citados la clasificación ofrece un resultado en el que sobresalen determinados tipos de universidad. Más de la mitad de las situadas entre las cien primeras son estadounidenses. En la última edición de ARWU hay tres universidades españolas entre los puestos doscientos y trescientos: la de Barcelona, la Complutense de Madrid y la Autónoma de Madrid. Contratando algún premio Nobel, o fusionando algunas universidades pequeñas con determinadas áreas de investigación potentes se adelantarían muchos puestos en el ranking. Sin embargo estas medidas no cambiarían significativamente la calidad de las universidades que lo hiciesen.

El ranking de Shanghái mide lo que mide y sus indicadores, a diferencia de otras clasificaciones promovidas por publicaciones europeas y americanas, son públicos y trasparentes. Pero es muy exagerado otorgarle el ser la referencia definitiva sobre la calidad global de las instituciones universitarias. Y ello por cuatro razones.

La primera es que no considera varias dimensiones que son fundamentales para valorar la calidad de una institución (calidad del proceso formativo, relación con las estructuras económicas de su entorno, producción cultural, inserción profesional de sus graduados, etc.).

Segunda, solo tiene en cuenta parámetros relacionados con la investigación. La calidad en la docencia se mide de forma indirecta y, desde mi punto de vista, discutible. Es cuestionable también el peso dado al criterio de publicar en revistas como Nature y Science (20%). Por otra parte, aquellas universidades que destaquen en determinadas ciencias y medicina, tendrán valores más altos que las que son punteras en otros ámbitos del saber sobre todo las que destacan en las ciencias sociales y las humanidades.

Tercero, no mide la eficiencia docente ni investigadora: pone en el mismo paquete universidades que dedican entre cincuenta mil y cien mil euros por alumno y año (Harvard, MIT, Princeton, Oxford y Cambridge, entre otras) con las que cuentan, como es el caso de las españolas, con presupuestos de alrededor de diez mil euros por estudiante.

Por último, de todos los indicadores, el único que tiene en cuenta el tamaño de la institución es el de rendimiento por profesor (10% del valor). Todos los demás miden productividad absoluta, de modo que se puede afirmar que, en general, las universidades grandes tendrán valores más altos.

Son positivos los estudios que posibilitan comparar, con indicadores objetivos, las instituciones o los resultados de la educación, pero sería muy aconsejable para poder opinar con criterio, saber qué miden y cómo deben hacerse las comparaciones considerando otros factores internos y contextuales. Que se otorgue a estos rankings una importancia excesiva puede provocar un cambio aparentemente imperceptible en las finalidades de la universidad que las puede alejar de sus tres misiones fundamentales: la investigación, la formación y la trasferencia. Y ello sin contar con el papel que desarrollan en el campo cultural y en la creación de valores cívicos.

Joaquín Prats, Lecciones para no salir de dudas, 08/09/2012

 

 

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