Juan José Laborda. El futur (probable) del PSOE

La edad contemporánea se ha terminado. Empezó en 1789 con la Revolución Francesa y concluyó en 1989 con el hundimiento de la Revolución Soviética y del comunismo, que dejó de ser alternativa a la democracia liberal. Como los hechos históricos nunca son racionales y tampoco exactos, el final del “mundo contemporáneo” no se mide por fechas precisas; es un proceso que se acelerará con la presente crisis “sistémica” o global.

Revolución y soberanía nacional definen los tiempos contemporáneos, ahora terminales. La decadencia de esos dos conceptos se siente más en la Europa continental, la Europa del euro. Mientras los países del continente consagraron la soberanía de monarcas y Estados, los ingleses se orientaban en sentido contrario: en lugar del Estado se impuso como soberano su Parlamento. Esa orientación explica la actitud de Reino Unido durante la edad contemporánea, su reluctancia a la idea de la revolución, y, también, al actual proyecto europeo.

Las diferencias entre estas dos tradiciones estatales se reflejaron en el tipo de partidos políticos que tuvieron cada una de ellas. En la tradición anglosajona, los partidos se organizaron en el Parlamento y se sustentan socialmente en grupos de interés, sindicatos y clubes intelectuales o de opinión; su carácter pragmático se corresponde con su gran respeto al pacto y a la ley.

En los más influyentes —e imitados— países de la Europa continental, el tipo de partido político se organiza fuera de las instituciones representativas y será un instrumento para llegar al poder. Los estudios de Michels, Duverger, Sartori y algunos otros nos han mostrado cómo este tipo de partidos respondía a un modelo organizativo y cultural parecido al de las empresas de la época: y el modelo no podía ser otro que el de los ejércitos contemporáneos: unidad de mando, de mensaje, jerarquía, disciplina, estrategia, táctica, militantes, etcétera. Sin embargo, hoy las empresas modernas, así como las organizaciones militares más avanzadas, trabajan en red.

Ese modelo, que primero fue adoptado por los partidos obreros socialdemocráticos (como el PSOE), alcanzó su perfección organizativa con los partidos comunistas. Antonio Gramsci, el último notable teórico comunista, consideraba a los partidos como “intelectuales orgánicos”. Se refería a todos, pero con esa definición se estaba dirigiendo al activismo de los miembros de un partido revolucionario, que aspira a conquistar el poder y, después, a mantenerlo. Gramsci mencionó en su escrito las tareas políticas de El príncipe de Maquiavelo, por lo que se situó dentro de una tradición europea, racionalista, tomista, voluntarista y antiindividualista, escasamente atenta al pluralismo y a los derechos del ciudadano.

Hasta 1989 existió en Europa continental, incluso entre los anticomunistas, un respeto filosófico a la idea de la revolución —que los herederos de Lenin encarnaron—. Los ensayos de Chaves Nogales —entre los españoles—, Camus, Berlin o, más recientemente, de Tony Judt nos precisan cómo esa idea fue uno de los conceptos centrales de la edad contemporánea. Aunque desde 1989, las obras revisionistas de la Revolución Francesa, como la de François Furet, y el desplome del régimen soviético desposeyeron a “la revolución” de cualquier aval histórico, racional o moral, el modelo de partido que surgió con su época no solo se mantuvo, sino que, merced a la “revolución conservadora”, se extendió a los partidos de tal ideología.

En España los partidos políticos contaron con una legitimidad extraordinaria, consecuencia de su persecución por el franquismo; aunque jóvenes, incurrieron pronto en algunos de los errores del modelo continental. El partido de centro-derecha, desde su cambio de nombre, ¡en 1989!, adoptó un modelo de “leninismo tory”, inspirado en las organizaciones neo-conservadoras norteamericanas y de otros países. La disciplina del partido conservador español ha suprimido cualquier actitud liberal en su funcionamiento interno, lo que supone que el pluralismo que defiende no se aplica dentro de un PP que es celebrado por la absoluta homogeneidad de su discurso y de sus miembros. El pensamiento liberal no existe más que como propaganda electoral en ese partido y esa grave carencia se da en los demás partidos españoles.

El desdén por el liberalismo podría explicarse con nuestra mala historia confesional católica. El partido se concibe como una iglesia y, síntoma de su inadaptación social, su jefe o sus jefes poseen el don de la infalibilidad en su versión posmoderna: el “argumentario” y el discurso de “la videopolítica” (Sartori). Lo malo de esta situación no es que ahora el debate político apenas interese; lo peor es que el consenso —necesario en nuestro sistema constitucional y más en las actuales circunstancias— resulta imposible porque se cree que ya no es necesario. De modo que hoy el rival partidario es considerado “enemigo”, cuando las diferencias ideológicas entre partidos son menores. Es desconcertante comprobar que fue Carl Schmitt, el mayor crítico del liberalismo parlamentario, el que desarrolló esa teoría.

¿Será el PSOE capaz de adaptarse a este tiempo distinto de la fenecida edad contemporánea? En 1979 fue uno de los primeros partidos socialistas europeos que repudió la revolución y abrazó el reformismo. Menos clara ha sido su actitud con los antiguos tópicos sobre la nación y las nacionalidades. Sin embargo, el PSOE acabará modernizando sus ideas sobre la “soberanía nacional”: su antiguo compromiso con la vigente Constitución y su profundo europeísmo asegurarán su éxito.

Cuando en 1979 el PSOE superó en un Congreso dramático su adhesión a la idea de la revolución —que era contradictoria con su compromiso con la reciente Constitución de 1978—, ese histórico cambio ideológico se logró al precio de un fortalecimiento de la disciplina interna y dando poderes a la cúpula dirigente en un grado sin precedentes en el pasado. Ese modelo fue copiado por la mayoría de los partidos políticos españoles.

Ahora deberá cambiarlo en sentido contrario. Solo el PSOE, con su larga tradición democrática, será capaz de evolucionar de un tipo de partido europeo continental a un partido que recoja lo mejor de la tradición anglosajona. Su éxito en esa operación reformadora será también el de la democracia española y europea. El individuo, las personas concretas, deberán poco a poco ocupar el lugar de la “clase social” del pasado. Buscar la representación de millones de individuos, de personas conscientes de sus derechos, exige aceptar plenamente el pluralismo. Eso quiere decir que el PSOE será una organización de personas que, pensando de distinta manera, son capaces de ponerse de acuerdo. Un partido así consigue que su democracia interna le permita aspirar al ideal aristocrático cuando propone sus candidatos a las instituciones. Las elecciones primarias para elegirlos son congruentes con lo dicho anteriormente. Pero esas elecciones solo obtendrán las virtudes que se esperan de ellas si todo el Partido Socialista se transforma como organización política, previamente a su convocatoria. Los votantes deben ser millones de personas, pues los afiliados no son representativos de la sociedad, sino una minoría que lucha para cambiarla. Y es una (frustrante) temeridad que se elija un candidato por primarias y el partido, como “intelectual orgánico”, decida todo lo demás, desde el programa electoral, al resto de los candidatos y cargos orgánicos.

El fin de estas reformas no es otro que devolver a los ciudadanos confianza en los partidos políticos. La causa profunda de la desconfianza actual y por la que el PSOE no se recupera electoralmente está en la percepción ciudadana de que los partidos instrumentalizan las instituciones, en lugar de servir —como señala el artículo 6 de la Constitución— como instrumentos de “participación política”. ¿Y todo eso es posible con un sistema electoral de listas de partido cerradas y bloqueadas? Respondo como un reformista que desconfía de las revoluciones, aunque sean electorales: tendremos que avanzar hacia un modelo mixto como el del Bundestag alemán; pero parece que la elección de las personas se corresponde mejor con la cultura democrática del futuro.

Juan José Laborda, El País, 01/07/2012

 

 

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