Lluís Foix: Que deixin en pau a Ernest Maragall

Me sorprende que alguien se escandalice porque un diputado vota en contra o se abstiene en una cuestión en la que el partido ha tomado una decisión que debería ser ratificada por todos y cada uno de los diputados.

El diputado del PSC, Ernest Maragall, votó a favor del pacto fiscal propuesto por el govern de Artur Mas y apoyado también por ERC e ICV. El voto iba en contra de lo que había decidido el partido y, por lo tanto, causó una cierta indignación en la sala de mandos de los socialistas catalanes.

Al margen de que se pueda estar o no de acuerdo con el pacto fiscal, conviene recordar que un diputado es dueño y soberano de su voto. Puede hacer con él lo que considere más oportuno. Aunque rija el sistema de listas cerradas, un diputado se debe antes a sus electores que a su partido. Otra cosa es lo que pueda ocurrir con Ernest Maragall a la hora de confeccionar las próximas listas electorales.

En Inglaterra, el votar en contra de lo que ha decidido el propio partido es frecuente. En algunos casos puede incluso llegar a ser llamativo o escandaloso. En la votación sobre si ir o no a la guerra de Iraq, más de ochenta diputados laboristas votaron en contra de Tony Blair y del gobierno porque simplemente no estaban de acuerdo con aquella guerra.

El ministro de Asuntos Exteriores, Robin Cook, tuvo el detalle de dimitir de su cargo porque no estaba de acuerdo con la guerra. Unos meses después murió mientras practicaba senderismo por tierras de Escocia. Fueron muchos los diputados conservadores que votaron a favor de la guerra y del gobierno laborista y también muchos los laboristas que se pronunciaron contra el gobierno Blair.

Esta flexibilidad en el voto se produce en Gran Bretaña porque las listas son abiertas y de representación directa. Un diputado tiene que rendir cuentas periódicamente a sus electores en una modesta oficina del barrio. Es a ellos a quienes debe dar explicaciones si quiere mantener la confianza en las próximas elecciones.

Lo mismo ocurre en Estados Unidos donde, tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, los elegidos por los votantes pueden variar el voto pensando más en los intereses de su circunscripción o Estado que en los del partido.

A mi me gustaría saber, por ejemplo, quién es mi diputado en el Parlament de Catalunya o en el Congreso de los Diputados. No sé a quién debo acudir para exponerle mis quejas o la defensa de mis intereses. Los partidos tienen más poder que los ciudadanos.

¿Pero quiénes son los socialistas de la sede de la calle Nicaragua para atreverse a proponer sanciones a Ernest Maragall? Lo encuentro un despropósito y una idea muy equivocada de cómo debería funcionar la democracia representativa.

Lluís Foix, Foixblog, 30/07/2012

 

 

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