Josep Ramoneda: Soberanía financiera y soberanía popular

La crisis política de Europa puede resumirse así: los gobernantes que elegimos no mandan y los que mandan no los elegimos nosotros. Esta realidad, que no se quiere reconocer, se ha expresado de modo indisimulable en Grecia. Por dos veces fue hurtada a los ciudadanos la posibilidad de ejercer la soberanía: cuando Papandreu sugirió un referéndum sobre la intervención del país y cuando este fue sustituido por la autoridad exterior, económica, por supuesto. Ahora, por fin, han podido votar. Han castigado a los dos partidos sistémicos: Nueva Democracia y Pasok (que han bajado del 78% a poco más del 30%). No ha gustado a la autoridad competente. Quieren que Grecia vuelva a votar. ¿Qué pasará si los griegos, con democrática tozudez, deciden seguir sin dar satisfacción a quienes toman el nombre de Europa en vano? ¿Volveremos a oír ruido de coroneles o simplemente se impondrá el autoritarismo tecnocrático?

La democracia está en peligro y nadie quiere reconocerlo. Los Gobiernos no trabajan para defender la democracia, se buscan mecanismos para restringirla. La democracia y la soberanía financiera son incompatibles. Si los mercados están por encima de la ciudadanía y los Gobiernos se pliegan a sus exigencias no hay democracia. Algunos recuerdan que Keynes había expresado sus dudas sobre la posibilidad de que la democracia sobreviviera en tiempos de crisis aguda del sistema capitalista.

Nosotros elegimos a unos gobernantes, estos se someten a las exigencias de la soberanía financiera, con lo cual cada vez la desconfianza con los que hemos elegido es más grande. Tenían que defendernos a nosotros y resulta que obedecen a otros. Si no se les vota, crecen las opciones más radicales. Y se manda repetir las elecciones. ¿Cómo se sale de esta espiral tan destructiva para la democracia?

Por fin, empieza a reconocerse —lo decía Ana Palacio en estas mismas páginas— que “hoy en día la amenaza que pesa sobre el capitalismo no emana de la presencia del Estado, sino de la ausencia del mismo o de su mal funcionamiento”. Si empieza a cundir la idea de que esta situación es mala incluso para el propio capitalismo, quizás cambien las cosas. Un Estado que no respeta la soberanía ciudadana porque obedece a fuerzas extrapolíticas es un Estado que funciona mal porque no ejerce su responsabilidad principal. Al mismo tiempo, se dice que el Estado es impotente ante el poder financiero. ¿Lo es o no quiere correr el riesgo de ejercer su potencia? Es tan impotente que ha dejado que el sistema bancario español se pudriera sin hacer nada para evitarlo y después acude raudo a su rescate. Hay maneras de superar la impotencia. La primera es perder el miedo al dinero. Ello solo se puede conseguir con la complicidad ciudadana. Pero ¿cómo se puede ser cómplice de quienes nos han dejado colgados? La segunda es ganar tamaño: si la soberanía financiera encuentra su fuerza en el hecho de estar globalizada, la soberanía popular ganaría capacidad si alcanzara espacios supranacionales. La respuesta, por tanto, es la articulación política de Europa sobre una base federal. Pero las barreras nacionales son imbatibles. Y la Comisión Europea carece de autoridad y de legitimidad por falta de representación democrática y por haber asumido el papel de servicial empleado del más fuerte: Alemania. Dice un amigo mío: yo quiero una Europa con Alemania, pero si hay que optar entre una Europa alemana o una Europa sin Alemania, me quedó con esta segunda opción.

Con unos gobernantes con poco mando, vivimos en la confusión y en la desmoralización. El Financial Times se pregunta: “¿Por qué a los banqueros, reguladores y funcionarios del Gobierno español les cuesta tanto aceptar y decir la verdad?”. No estoy convencido de que sea una excepción española. El mismo periódico apunta sombras sobre los bancos alemanes. Pero, en cualquier caso, esta es la misma pregunta que nos hacemos los ciudadanos. Y que nos obliga a vivir en la desconfianza permanente. Ahora sale a la superficie el desastre de Bankia. ¿Cuál será el próximo susto? Así no hay sociedad con ánimo para remontar. La impotencia de la política destruye la calidad de la democracia, porque lleva incorporada la escasa transparencia, la nula deliberación, la tendencia a prometer cosas a sabiendas de que no se pueden cumplir, el estilo vergonzante en la toma de decisiones y el insoportable recurso al “no hay alternativa”, “no nos gusta lo que hacemos, pero no podemos hacer otra cosa”. Es decir, a la quiebra económica sigue la quiebra política y a esta la quiebra moral.

Josep Ramoneda, El País, 13/05/2012

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