Antoni Puigverd: Humores de España

La tormenta que Juliana ha bautizado como pluscuamperfecta no deja, en apariencia, un solo resquicio a la esperanza. La deuda privada de España es una de las más altas del mundo y el déficit público apunta al 100%. Los mercados se ceban sobre estos datos, castigando sádicamente la prima de riesgo. Por si fuera poco, las sospechas sobre nuestro sistema bancario crecen como la espuma (el peso de Bankia es insoportable para España, aunque, misterios de la villa y corte, es políticamente inabordable). Y si la economía naufraga, nuestra democracia es un edificio que amenaza ruina. Todas las instituciones -¡todas!- están relacionadas con la corrupción, la incompetencia, el desapego o la impotencia. Ni la más alta, se salva: lo hemos comprobado patéticamente estos días. El PP de Rajoy apenas ha conseguido aguantar tres meses la comprensión de una ciudadanía que le regaló una abrumadora mayoría. La corrupción y el desencanto no son nuevos: es la crisis, con su mezcla de malestar económico y resentimiento moral, la que otorga a estos vicios de nuestra democracia un nuevo sentido. El caso del Rey es el más evidente: lo que antes eran rumores gaseosos sobre sus andanzas, ahora son acusaciones escritas que las televisiones vocean. Nadie se salva del clima moral de guillotina que genera el malestar social. Una guillotina retórica, de momento. Mediática. La opinión pública tiene rictus de Robespierre. No es extraño que, aprovechando la marea antimonárquica de estos días, los partidarios de una república unitaria y presidencialista calienten motores en Madrid. La parte de la derecha que sueña con una solución cesarista intentará aprovechar las debilidades de Rajoy y del Rey para salir del armario. En resumen: si el PP fracasa en el pilotaje de la crisis económica, la crisis institucional estará servida. No sabemos lo que vendrá, pero seguro que no será el PSOE. Podría venir, antes de que el fracaso cristalice, un pacto de Estado entre todos los partidos, nacionalistas incluidos. Pero este pacto no llegará. España no es una nación porque no comparte espacios sagrados. Nadie sacrifica el interés de parte para favorecer el interés común. Si el interés más explícito es periférico, el más descarado e implacable es céntrico. Por encima de la nación está siempre la facción.

El Govern de Mas, por su parte, no resistirá mucho tiempo con las tijeras. El riesgo del catalanismo es quedar asociado al recorte de prestaciones. Podría parecer extraño que el catalanismo se limite a soñar con Ítaca en plena hecatombe económica española, gestándose una crisis institucional y cuando España ha exhibido impotencia y soledad extremas después del tremendo bofetón argentino. En 1898, cristalizó el catalanismo por la debilidad de España; pero en el 2012, el año del retorno del pesimismo español, el catalanismo solo está en condiciones de generar bromas. ¿Serán las caricaturas del Polònia a la España nuevamente decadente, la única aportación de Catalunya a la crisis institucional?

Antoni Puigverd, La Vanguardia, 20/04/2012

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