Valeriano Gómez: La reforma laboral de 2012

Hace algo más de cuatro años, durante el cuarto trimestre de 2007, la economía española que todavía experimentaría en aquel año un significativo nivel de crecimiento, registraba un hecho entonces poco subrayado pero crucial a la luz de los acontecimientos posteriores: el cambio en la evolución del ciclo inmobiliario. Tras más de trece años de expansión ininterrumpida del empleo y del output sectorial, la construcción experimentaba uno de los escasos descensos intertrimestrales en su volumen de ocupación desde que a comienzos de 1994 registrara su punto más bajo en aquella fase cíclica. Entre las dos fechas el empleo en la construcción se había multiplicado por 2,6 veces y su volumen total había aumentado hasta alcanzar la gigantesca cifra –para una economía del tamaño de la española- de 2,8 millones de empleos.

Es verdad que no eran pocas las voces que a lo largo de aquellos años se habían alzado destacando la insostenibilidad de la senda de crecimiento de la construcción residencial –y de la civil dada su dependencia del sector público-. Insistiendo en que no era posible mantener un sector que había pasado en este tiempo a ser el más voluminoso en el área del euro rebasando en tamaño al de economías que como la italiana, la francesa o la británica nos superaban en necesidades de producción de viviendas e incluso dejando atrás a economías como la alemana que triplican el volumen del output total español y duplican nuestra población. O advirtiendo de las consecuencias que para nuestro sistema financiero y el conjunto de nuestra economía tendría el estallido de una burbuja como la acumulada en España que había combinado esta descomunal expansión de la oferta (recuérdese que la ocupación en construcción en 1985 era de apenas 800.000 empleos) con uno de los mayores crecimientos en el precio de la vivienda entre la economías avanzadas.

Sin embargo no deja de ser significativo el hecho de que una buena parte de la interpretación académica y política de nuestra crisis haya pasado por alto la magnitud de estos acontecimientos y, de manera especial en el ámbito de la economía laboral, analice el mercado de trabajo español –la exposición de motivos de la reforma laboral llevada a cabo por el PP hace unos días es quizás el ejemplo más consumado- como si todo esto, lejos de ser algo esencial en la explicación de la crisis, fuera un acontecimiento marginal.

En lo esencial casi todo lo que nos ha pasado durante esta crisis proviene de este tremendo error de nuestra política económica. Y ese error no hubiera sido posible sin el concurso alocado y estrecho de una buena parte de nuestro sistema financiero. Naturalmente, las condiciones monetarias y de tipo de interés influyeron de una forma nada desdeñable. Pero mientras que nosotros incrementábamos en más del doble el tamaño de nuestro sector de la construcción, en otros países europeos, como Francia, Italia o Reino Unido, permanecía estable y en Alemania incluso se reducía.

Por supuesto, siempre es posible pretender otorgar a nuestro marco laboral el papel protagonista en este peculiar trayecto. Pero las preguntas surgen de inmediato, ¿En qué fase del viaje? ¿Antes de 1985 en que nuestro volumen de ocupación en construcción llegó a ser menos de un tercio del que teníamos en 2007? ¿Durante el periodo 1994-2007 en que la economía española creó alrededor de 8,5 millones de empleos de los que más de 2,5 millones lo fueron en el sector de la construcción en actividades directamente vinculadas? ¿Por qué nuestra normas laborales y no una estructura productiva absolutamente dislocada como la que España fue gestando hasta el cambio cíclico de finales de 2007? Si se han perdido más de 2 millones de empleos en construcción y en las ramas industriales y de servicios directamente vinculadas, de un total de 2,7 millones de empleos destruidos durante lo que va de crisis, ¿cual es el contenido del debate sobre la rigidez de nuestras normas laborales en unas actividades que, como las vinculadas a la actividad constructiva e inmobiliaria, se caracterizan por tener uno de los diseños laborales más flexibles en el contexto europeo? Si las deficiencias de nuestro modelo se encuentran en el insuficiente grado de flexibilidad interna en la organización del trabajo en empresas y sectores productivos ¿por qué el debate termina centrándose en el despido y sus costes?

En mi opinión estas preguntas son de la mayor relevancia y su respuesta resulta crucial para entender nuestra crisis y diseñar una estrategia de salida desde la perspectiva de la política laboral en España.

Es cierto que existen algunos elementos de continuidad en las reformas de 2012 con respecto a las abordadas en 2010 y 2011. Pero no sería sincero si no dijera que en mi opinión tales elementos son más bien escasos. Más allá de la configuración del despido, que parece resultar el elemento de estímulo esencial de la reforma, o la concepción de la flexibilidad como algo que corresponde decidir al empresario de forma exclusiva, con el consiguiente poder unilateral de decisión en todas las cuestiones esenciales de la relación de trabajo, la reforma supone una profunda alteración del centro de gravedad de nuestro diseño laboral. Aunque se ha significado el papel de la reforma como una pieza clave en el necesario proceso de devaluación interna de la economía española, lo cierto es que ello podría perfectamente lograrse –ese era su objetivo revelado- a través de acuerdos salariales y de negociación colectiva como el alcanzado, algunos días antes de la reforma, por sindicatos y organizaciones empresariales. Tres años de moderación salarial con reducciones de poder adquisitivo y de costes laborales que suceden a dos años anteriores, 2010 y 2011 (el 2009 fue un año excepcional por la inercia en la adaptación de los salarios a las nuevas condiciones impuestas por la crisis) con comportamientos salariales mucho más adecuados a la nuestra situación coyuntural.

Si el contenido de las reformas tal como hoy las conocemos se mantiene, el año 2012 será un año de ruptura con el que ha sido uno de los ejes esenciales de nuestro marco democrático de relaciones laborales. Ese eje es el construido durante los últimos treinta cinco años alrededor de las ideas de equilibrio y equidad en el mercado de trabajo. Un eje que siempre pretendió mantener la conexión, inevitablemente compleja, entre eficiencia y justicia. Entre competencia y cooperación. Entre poder y complicidad. Porque es cierto que sin equilibrio y sin equidad la libertad en las relaciones de trabajo es una figura deforme e irreconocible.

Valeriano Gómez, Fundación Ideas, 26/03/2012

You must be logged in to post a comment Login