Josep Ramoneda: Silencios y contradicciones

Desde que el consejero Recoder regresó de Estados Unidos y anunció obstáculos, aparentemente insuperables, para que Eurovegas aterrice en Cataluña, un sospechoso silencio se ha instalado sobre tan espinoso tema. El presidente Mas ha puesto las negociaciones directamente bajo su control, insatisfecho por la gestión de algunos consejeros. Consciente de las críticas que el proyecto genera en sectores muy diversos, ha optado por la discreción más absoluta. Su objetivo: que no se vuelva hablar del tema hasta que sea un hecho consumado. A la oposición, el silencio le ha venido de mil maravillas. La cobardía de algunos de sus dirigentes ha hecho que el PSC no se haya atrevido a liderar la movilización contra el proyecto. No quieren que se les acuse de haberse opuesto a una propuesta que comporta inversión y puestos de trabajo. Y no son capaces de explicar los efectos contaminantes que puede tener un negocio de este tipo para un país como el nuestro. De modo que por el interés de los unos y la desidia de los otros, cualquier día podemos encontrarnos con Eurovegas metida en casa sin que quepa ya posibilidad alguna de evitarlo.

Hay cierta fascinación provinciana en el nacionalismo catalán ante las gentes con aureola de magnates y de dinero fácil. Pero la ciudadanía debería saber algunas cosas. Por ejemplo, que Las Vegas en este momento está en una crisis económica profunda. Y que es uno de los lugares con mayor criminalidad de Estados Unidos, y donde, por cierto, gobierna una mujer, Carolyn Goodman, que ha sucedido en el cargo a su marido. Allí está en un oasis, aquí nos la quieren colocar en plena área de metropolitana de Barcelona. Se nos cuenta una historia cargada de fantasía sobre puestos de trabajo y sobre inversión, que los propios valedores del proyecto han tenido que rebajar porque era tan creíble como una carta a los Reyes. Pero nadie se pregunta, por ejemplo, si la policía y la justicia del país están en condiciones de combatir la delincuencia que genera un negocio como este. Dicen sus colaboradores que el presidente de la Generalitat no tiene otra preocupación que recortar gasto y arrancar inversión de donde sea. Me parece razonable que la cuestión del dinero se haga obsesiva en las circunstancias que vivimos. Sobre todo si se parte de la decisión más que discutible de que lo único importante es ser el primero de clase en la asignatura de la austeridad, con la esperanza de que este esfuerzo reciba un premio que no llega por ninguna parte. Pero la caza del inversor no justifica inclinarse delante del primero que llame a la puerta, y mucho menos aceptar un negocio de éxito dudoso y con capacidad de corrosión social muy grande.

Nos dice el presidente Mas que su modelo es Massachusetts. Massachusetts y Las Vegas no son compatibles en un país pequeño como Cataluña. Massachusetts significa inversión en innovación e investigación, en educación y en sanidad (que es una de las bazas fuertes del Cataluña), con la consiguiente cultura del esfuerzo y del riesgo. Eurovegas es la quimera del dinero fácil y todo lo que le rodea.

CiU ya no vive en la ambigüedad, como en tiempos del pujolismo, vive en la contradicción. Cuando Durán Lleida espera toda una tarde una llamada del Gobierno que no llega para dar el a los presupuestos del Estado a cambio de una propina, la sensación es de humillación, absolutamente incompatible con el discurso soberanista que emanaba del último congreso de Convergència; cuando la coalición pone precio, 219 millones de euros, al apoyo a los presupuestos, un dinero que el Estado debe a Cataluña, es decir, que no es ninguna concesión graciosa, el ridículo es desesperante. El argumento de que no hay dinero es de ida y vuelta. Es el argumento de CiU para aplazar una y otra vez su propuesta estrella del pacto fiscal y es el argumento del PP para no dar ni un euro de lo que España tiene comprometido con Cataluña. Soberanismo ante las masas y sumisión al Gobierno del PP en el día a día; Massachusetts de cara al público, Eurovegas en la trastienda; llamadas a la inversión y a la innovación y sumisión ciega a la doctrina de la austeridad, convertida en horizonte insuperable de nuestro tiempo, ¿cuánto tiempo se aguanta este juego de contradicciones sin que el prestigio de la política se resienta? Desde luego, tienen razón en Madrid cuando dicen que, mientras CiU gobierne, Cataluña nunca será un problema de verdad para España. Nunca cruzará una línea roja.

Josep Ramoneda, El País, 23/04/2012

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