Joan Majó: Presupuestos 2012: un error y un engaño

La reacción catalana, que hemos oído, a los presupuestos del Estado ha sido casi unánime: “Son unos presupuestos injustos para Cataluña”. La afirmación, aunque sea muy localista, es acertada. Pero pienso que estos presupuestos son criticables por razones mucho más profundas. Contienen unos errores importantes y un engaño. Veámoslo.

Sé que la confección de unos presupuestos en estos momentos no debe de haber sido tarea fácil ni envidiable; pero, a pesar de la dificultad, es importante no olvidar algunos principios. La economía española tiene cuatro problemas simultáneos a los que hay que hacer frente y que imponen cuatro objetivos: reducir el déficit público, reducir la deuda privada, reactivar el consumo interior y mejorar la competitividad exterior. Estos dos últimos conducirían a una disminución del paro. La estrategia del Gobierno que está detrás de estos presupuestos es dar prioridad a la reducción del déficit y dejar para más adelante (¿2013…?) los otros tres objetivos. Creo que con ello se comete un error importante. Explico por qué.

La razón que se aduce para justificar esta prioridad es que la reducción rápida del déficit es la condición para encontrar en los mercados externos nuevos recursos para seguir financiando los presupuestos públicos y poder hacer frente a los vencimientos de la deuda española. “Si no bajamos el déficit”, se dice, “nadie nos ayudará ni nos prestará dinero, o lo hará a un precio insostenible”. Esto es verdad, pero solo a medias. La principal condición para que nos presten dinero es que seamos capaces de devolverlo. Y ello se consigue reduciendo el déficit, pero aún más tomando medidas para que la economía vuelva a crecer y genere los ingresos fiscales que nos lo permitan. Por tanto, una política de ajuste que olvide el objetivo de la reactivación y la competitividad puede convertirnos en menos fiables todavía. No es de extrañar que se diga a menudo a nivel internacional que lo más preocupante de la economía española no es su déficit público, sino su nivel de paro. Yo también lo pienso así, y por ello elaborar unos presupuestos que reduzcan el déficit, pero a cambio de incrementar más el paro, creo que es un error.

Algunas consecuencias de este error estratégico:

1. Hay que reducir la inversión en infraestructuras. Lo comparto, pero al escoger cuáles se retrasan hay que aplicar un criterio estricto de productividad. El corredor del Mediterráneo ayuda a mejorar la competitividad y las exportaciones mucho más que según qué tramos de AVE en la frontera con Portugal…

2. Los recortes necesarios en gastos públicos deben hacerse en las actuaciones que menos penalicen el consumo. La desaparición de una ayuda (compra de vivienda) o el aumento de un impuesto (sucesiones) que afecte a las rentas altas no afecta al consumo, mientras que sí lo afectan los recortes que disminuyen la capacidad de consumo de las rentas más bajas.

3. Reducir las partidas destinadas a estimular la ocupación, a aumentar las actividades de investigación o a apoyar a empresas innovadoras y exportadoras es seguir hundiendo la actividad y cargarse los motores de la recuperación.

Para acabar, el engaño. Se dice que esta estrategia es la única alternativa para tener financiación de los mercados y por ello se concede una amnistía fiscal. ¿Para qué va a servir? No para lo que se dice. Siempre es muy discutible una amnistía, pero se podría llegar a entender si a los miles de millones de euros que se permite repatriar y blanquear, pagando menos de la cuarta parte de lo que debieran haber pagado en su momento y perdonándoles la multa correspondiente, se les impusiera como condición suscribir bonos del Estado a 10 años y al mismo interés que el bono alemán. Sería la manera de reducir a cero la prima de riesgo para estos bonos, tener financiación barata a largo plazo y dar así la vuelta a la presión de los mercados, que es la que obliga a tomar decisiones dolorosas. Esto podría llegar a justificar la amnistía. Pero la amnistía es tan generosa que perdona miles de millones de euros sin exigir ningún esfuerzo a sus beneficiarios, que quedan libres de hacer lo que quieran con el dinero blanqueado. Lo siento, pero me resulta enormemente sospechoso. Más bien parece que se ha encontrado una buena excusa para, alegando otros objetivos, hacer algunos favores…

Joan Majó, El País, 10/04/2012

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